Paros laborales por PTU y el despertar de la conciencia
Hace algunos días, cientos de obreros se fueron a paro laboral en diferentes empresas del país para exigir cumplimiento a la Participación de los Trabajadores en las Utilidades (PTU). Cansados y molestos, se han armado de valor y se han plantado en las afueras de su empresa, han suspendido su labor cotidiana y se han enfrentado a los patrones y a los representantes patronales para exigirles cumplan con este derecho fundamental. Lo han hecho a sabiendas de las consecuencias de manifestarse contra los dueños de las fábricas. ¿Por qué se han decidido a hacerlo? Porque no han tenido otra alternativa.
En efecto, según la Ley Federal del Trabajo (LFT), las utilidades se reparten por el trabajo realizado durante el ejercicio fiscal correspondiente, o sea, que es el esfuerzo de los trabajadores que durante dicho ejercicio fiscal “se pusieron la camiseta”, “sudaron la gota gorda” y entregaron sus mejores esfuerzos físicos y mentales a la empresa, y que, hasta antes del 30 de mayo, son “llamados” por ley a disfrutar de una parte del pastel producido por ellos mismos.
Pero resulta que, como cada año, los patrones salieron con la misma cantaleta: “no hay utilidades”, “la empresa no generó utilidades porque el dólar aumentó”, “hubo inversiones, compra de maquinaria, pago de acreedores, construcciones, etc.”, o simplemente “no hubo ganancias”. Los obreros se preguntan, entonces, ¿por qué los dueños o los directivos traen nuevas camionetas?, ¿por qué se abrió una nueva planta de la fábrica?, ¿por qué hubo mucho trabajo donde laboramos tiempo extra? En su vida cotidiana los trabajadores se dan cuenta perfectamente que la ganancia no es compartida, ven la riqueza producida y, aunque la Constitución llama a compartirla, en la realidad no ocurre.
Ahora bien, la ley señala que, cuando algún patrón no presente la carátula de la declaración o exista inconformidad de dicho reparto, el sindicato titular del contrato colectivo o la mayoría de los trabajadores puede formular por escrito las observaciones o inconformidades contra el patrón ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Lo cierto es que la mayoría de los sindicatos patronales que practican el charrismo sindical nunca promueven dichos escritos y los que son promovidos jamás reciben respuesta favorable de la autoridad.
Por ello, el instinto de clase de los obreros los llama a unificarse y luchar por sus derechos. Es lo que hemos visto en las últimas semanas en varios estados. Por ejemplo: en Querétaro pararon en Grammer, Abc, Phillips Medisize, SEAH, Boch, Le Bélier y Sisttemex; en Guanajuato hicieron paros en SANAC, Fraenkishe, FIPASI, Porcelanite, Hirotec; en Puebla, en la fábrica Danone y Bonafont; en Campeche y Yucatán los obreros de Distribuidora Moyel S.A. de C.V. y Vertical Knite pararon simultáneamente la producción en protesta por los 8, 20 y 80 pesos que les ofrecían de reparto de utilidades.
En la mayoría de los casos los paros fueron organizados de forma espontánea. Imaginemos el siguiente cuadro. Comienzan por pasarse la voz de la inconformidad y de la decisión de no aceptar lo que la empresa les ofrece. Se organizan por turnos, por áreas, por departamentos o por líneas de producción. Algunos más valientes se ponen al frente sin temor al despido que sobrevendrá al paro. No les da miedo, saben que no hay otra salida si quieren disfrutar del pastel.
Algunos más temerosos entran a trabajar por lo que se divide el movimiento, pero no hay marcha atrás, el paro está en proceso. Contactan a los medios de comunicación para que cubran el paro, envían mensajes anónimos a las redes sociales y, finalmente, salen a los patios o a las calles para dejar de trabajar. Las redes virilizan la demanda, obtienen el respaldo de otros trabajadores y de la opinión pública.
Luego, llegan algunos medios de comunicación, entrevistan a algunos obreros en el lugar del paro, éstos gritan consignas de su lucha, el paro se extiende durante horas y los trabajadores resisten. Se organiza las comidas, las guardias, etc., las horas pasan, hasta que los patrones piden hablar con una comisión de los trabajadores. Aparecen los líderes del sindicato titular que están del lado de los patrones. Son rechazados por los obreros. A estas alturas los charros ya no tienen autoridad sobre ellos, los obreros han formado su propia organización.
Entonces, aparecen otras figuras en la escena: funcionarios de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social enviados por el gobierno para cuidar la imagen del estado. Coludidos hasta la médula con las empresas, se proponen como “mediadores” entre patronos y paristas. Los inconformes se muestran atónitos al escuchar la “explicación legal del PTU” y de presentir la intención de los mismos. No en pocos casos, los obreros fueron víctimas de estos funcionarios del gobierno y terminaron apoyando las propuestas patronales.
Finalmente, la presión ejercida da resultados. La empresa cede un bono. Los obreros regresan a trabajar. Pero las consecuencias no se hacen esperar: hostigamiento para los paristas y despidos a los líderes del movimiento. La batalla ha concluido. Un año después, el cuadro se vuelve a repetir.
Los obreros han sido orillados a detener la producción, no han tenido otra alternativa. Por una parte, la empresa que se niega a repartir la riqueza producida por los obreros, por otra, un sindicalismo charro y propatronal que no defiende los derechos de los trabajadores y, para terminar de fregarla, un gobierno que se hace de la vista gorda para no auditar la contabilidad de las empresas y que éstas sigan haciendo de las suyas. Sólo cuando ha estallado el conflicto se presentan como “conciliadores” entre el capital y el trabajo, pero nada de eso es cierto, en el fondo son servidores de las empresas.
Por ello, los paros reflejan, entre otras cosas, el despertar de la conciencia de los obreros. Los asalariados se convencen cada vez más de que sólo la unión y la organización puede ser la fuerza poderosa capaz de cambiar las condiciones en las que laboran. Que el gobierno es defensor también de los intereses de las empresas y hay que tener cuidado con sus funcionarios. Que es tiempo de cambiar a los sindicatos que durante años han vivido de las cuotas de los obreros y nunca han representado sus intereses; las luchas obreras también enseñan a los trabajadores a escoger mejor a sus representantes sindicales y no caer en brazos del nuevo charrismo sindical.
Ha llegado pues el momento de que los obreros se organicen, se preparen y luchen; y no sólo esperen pasivos y cruzados de brazos un nuevo paro por el reparto de utilidades el próximo año.



