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El despido laboral como consecuencia de la lucha colectiva

Marat Martínez

No hablo del despido justificado, según el artículo 47 de la Ley Federal del Trabajo, ni del incumplimiento a las obligaciones de los trabajadores contempladas en el artículo 134, se trata de reflexionar sobre algunas causas que genera esta acción injustificada y unilateral por parte de la clase patronal cuando los obreros pretenden dar inicio a una lucha colectiva o sindical.

El despido de los trabajadores (en la lucha por la formación de un sindicato, por la firma o titularidad de un contrato colectivo de trabajo), es la forma más común que utilizan los patrones para acallar la inconformidad de los obreros no solo porque se les priva del único ingreso familiar, sino porque psicológicamente el golpe es certero, inhumano y mortal que desmoraliza a todos los que levantan la voz. El carácter mortal del golpe no es metafórico sino real: privarle al trabajador de alimentación, transporte, vivienda, salud, educación, etc., es sinónimo de miseria y muerte. Porque, ¿qué puede hacer un obrero si no consigue alimentar a su familia?, ¿qué hace, sino buscar una entrega de su dignidad, de su desgracia ante patrón a cambio de una liquidación?

Históricamente, el despido ha sido por antonomasia, el mecanismo a través del cual la clase patronal ha suprimido de facto la lucha de la clase obrera. En el modo de producción capitalista, la clase obrera, al carecer de medios de producción, tiene que vender la única mercancía con la que cuenta, es decir, su fuerza de trabajo. A cambio de su fuerza de trabajo recibe del patrón un salario en dinero, dice la ley, para “satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”. El sustento familiar, por tanto, depende del salario, si no hay salario la familia perece.

Sin embargo, el incremento del capital, es decir, la acumulación de riqueza no tiene límites, por lo que su contrario, la pobreza, también se va acrecentando inversamente proporcional al aumento de la riqueza. Entre menos ricos con mayor riqueza acumulada, más aumenta el número de pobres y la pauperización de las clases trabajadoras. Por eso, la inconformidad se vuelve inevitable, una y otra vez, mientras la situación de clase obrera no mejore. Por ello, la lucha colectiva de los trabajadores, a veces velada y a veces abierta, como dice Marx, vuelve a renacer por la misma necesidad material e intrínseca de la clase obrera.

Imaginemos el siguiente cuadro en nuestro país narrado por un trabajador. “En mi empresa de Viveros, los más de mil obreros que laboramos en las diferentes áreas, llevamos años sufriendo las terribles condiciones de trabajo y las bajas prestaciones que nos otorgan: por ejemplo, no recibimos utilidades, en los tiempos de demanda de producción, somos forzados a quedarnos a laborar más tiempo de lo normal con la amenaza de que si no lo hacemos seremos despedidos; el patrón nos dice que no requerimos una hora de comida ya que solo comemos frijoles y tortillas y que si algunos morimos, ellos nos llevarán una veladora; las supervisoras nos maltratan para que incrementemos la productividad y están vigilantes como capataces para que saquemos el trabajo, a veces dan ganas de mandarlo todo a la chingada, pero de aquí comemos, no hay otro lugar donde trabajar en la zona”.

Ante esta difícil realidad finalmente deciden organizarse y buscar a un “licenciado” que los asesore para poder ingresar a un sindicato que defienda sus derechos ante los abusos del patrón. Comienza la organización, se juntan en las viviendas, se platica discretamente sobre la mejoría de su suerte, se hacen las asambleas clandestinas. Pero, inevitablemente, hay quien le lleva el mensaje al patrón, este se entera de los preparativos y procede a despedir a los obreros inconformes -generalmente los que se ponen al frente del movimiento- para que sirva de “escarmiento”, dice el patrón, a todos aquellos trabajadores que han osado levantarse como “revoltosos”, “argüenderos”, “chismosos”, etc.

Para los trabajadores despedidos comienza una etapa de penurias: no hay que comer en casa, los hijos no pueden ir a la escuela, hay enfermedades que deben atenderse y no hay dinero, las deudas agobian al no tener un ingreso fijo, el obrero decide abandonar la lucha sindical, regresa a la empresa y pide su liquidación. El patrón ofrece a los líderes y a sus asesores dinero contante y sonante para “que dejen y olviden sus pretensiones”, el movimiento se tambalea y, finalmente, se termina el movimiento que pretendía agrupar sindicalmente a los trabajadores. Los que se mantienen laborando se quedan con las siguientes ideas: a) las cosas siempre serán así y nunca van a cambiar; b) los obreros nunca podremos ganarle al patrón; c) los patrones compran a los líderes sindicales y a muchos obreros barberos al patrón. Sin embargo, después de cierto tiempo vuelve a surgir la inconformidad y las esperanzas de un cambio verdadero. Los obreros por su instinto natural saben que llegará su momento y lo vuelven a intentar una y otra vez.

Por ello, para librar con éxito una lucha colectiva, los trabajadores deben saber que la única solución a sus problemas es, en primerísimo lugar, hacer conciencia de su papel como clase trabajadora, comprender profundamente el sistema económico de explotación en que vivimos, y esta comprensión se va adquiriendo a través de cada fracaso o en cada triunfo de la lucha, la experiencia se adquiere con el tiempo. Luego, los trabajadores deben conocer legalmente cuáles son sus derechos dentro de este sistema económico de explotación, derechos que muchas veces desconocen, razón por la cual, con frecuencia, son víctimas de liderzuelos que viven medrando de la lucha colectiva de los obreros. Finalmente, deben organizarse y luchar en defensa de sus derechos laborales, agruparse en sindicatos auténticos, que les prevengan de las consecuencias que conlleva la lucha organizada para que los despidos se reduzcan o incluso no se lleven a cabo. Pero en caso de suceder tengan la orientación suficiente para contrarrestar esta situación a través de su organización sindical y la confianza que da la conciencia política.

En suma, el despido injustificado es por excelencia el arma del patrón para terminar con los movimientos colectivos. Al no contar con los medios de producción, el obrero solo tiene su fuerza de trabajo que vende al patrón a cambio de un salario, siendo este el único sustento para su familia, por ello, su gran temor a ser despedido y, por tanto, a organizarse y luchar.

Sin embargo, el modo de producción capitalista solo puede existir por la acumulación de la riqueza que obtienen los patrones a costa del empobrecimiento de la clase obrera, de modo que una y otra vez surgirá la inconformidad de los trabajadores en las empresas. Además, hace falta deshacerse de los pseudolíderes, de los dirigentes que se venden para favorecer al patrón, y en su lugar deben surgir los verdaderos líderes del pueblo trabajador. Estos, no hay que buscarlos en el viejo y el nuevo charrismo sindical, y mucho menos entre la clase política y en las estructuras del gobierno. Aquí la clase obrera no hallará nada.

Los verdaderos líderes del pueblo trabajador surgen al fragor de la lucha y la defensa de sus intereses de clase, estos los encontraremos entre el mismo pueblo combativo, porque la organización y la lucha de los trabajadores va formando a hombres nuevos capaces de hacer un verdadero cambio, no solo en la esfera de la lucha sindical, sino también en la lucha política y social de nuestro país.

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