Un llamado a la organización obrera frente a la negligencia patronal
Jocsan Jaimes y Jocabed Vázquez
A lo largo del país, se ha vuelto demasiado común que el rugido de la maquinaria industrial se confunda con los lamentos de las familias trabajadoras. Día a día decenas de hogares lloran la pérdida de un padre, un amigo, un esposo, una vida humana que cruzó la puerta con la esperanza de volver al final de la jornada, pero terminó siendo víctima de la voracidad de un sistema económico que prioriza la producción por encima de la vida humana.
El 2025 fue un año duro para el sector obrero, quien no solo se enfrentó a las pésimas condiciones laborales que diariamente atormenta a los trabajadores, sino que, además, decenas de familias perdieron a un miembro a causa de los altos índices de defunciones por accidentes laborales. Por ejemplo, en Nuevo León, según datos de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, al cierre del 2025 se registraron al menos 116 fallecimientos, es decir, un promedio de 13 muertes mensuales, de las cuales el 65 por ciento sucedió dentro del área de trabajo y el 34 por ciento durante el trayecto laboral; lo más alarmante es que esta tendencia se mantiene al alza desde los últimos cinco años.
Como muestra de lo que decimos, se encuentra el municipio de Santa Catarina, una parte del corazón del desarrollo industrial en nuestro país, en donde el pasado 29 de diciembre de 2025, dos trabajadores fallecieron prensados por una máquina industrial al interior de la planta de Carrier México, en un accidente que evidencia con brutal claridad lo que muchos ya sabíamos: la seguridad laboral sigue siento un lujo y no un derecho garantizado. Las imágenes que circulan en redes sociales mostraron a trabajadores improvisando rescates sin herramientas adecuadas ni equipo de protección, con gritos desesperados tratando de liberar a sus compañeros aplastados porque no había ni siquiera un montacargas disponible y, para el momento en que los servicios de emergencia y Protección Civil arribaron al lugar, los trabajadores ya no contaban con signos vitales. Esta escena no es solo una falla técnica: es una falla social, organizada y política.
Este hecho, trágico y desgarrador, no es un caso aislado en la región. En los últimos meses también han ocurrido otros accidentes laborales mortales en dicho municipio, incluyendo el caso de un hombre que perdió la vida el pasado 22 de diciembre en la empresa Unisal Mexicana, mientras se encontraba realizando labores de limpieza de una maquina recicladora, lo que refleja un patrón persistente de condiciones de trabajo peligrosas y falta de protocolo de seguridad.
En ambos casos, no solo se exhibe la falta de seguridad y capacitación en situaciones de emergencia, sino también la lentitud para dar seguimiento a los casos y llevar a cabo los procesos legales adecuados, pues a pesar de que los hechos sucedieron hace poco más de un mes, a la fecha la investigación sigue en curso sin avances públicos significativos. Por el contrario, el empleado de Carrier México que compartió las imágenes de manera pública, fue despedido casi de inmediato, pues los videos pusieron al descubierto las malas condiciones en las que las máquinas operan.
Para los empresarios, las vidas perdidas son resultado de un sistema que normaliza el riesgo y optan por tolerarlo porque no lo viven en carne propia. Su interés principal es otro: las repercusiones económicas y legales que estas situaciones podrían acarrear. Esto, aunque suene triste y lamentable, es solo parte de la alienación humana que experimenta el trabajador, explicada en El Capital de Karl Marx, en donde el obrero no es visto por el patrón como un ser humano, sino que éste se ve reducido a un instrumento de producción y su fuerza de trabajo es una mercancía cuantificable dentro del capitalismo.
En este punto es necesario preguntarnos ¿es la producción industrial más valiosa que la vida del obrero? Este cuestionamiento puede responderse con otra pregunta, ¿qué es lo que le da el valor a los productos? Aunque la burguesía y sus defensores se llenen la boca al decir que las ganancias obtenidas son resultado del capital invertido y su reventa a un precio mayor, debemos aclarar que esto es totalmente falso y el mismo Marx lo explica: “el trabajo es el padre de la riqueza y la tierra la madre”; dicho en otras palabras, lo que le da el verdadero valor a las cosas no es otra cosa que el la fuerza de trabajo humano invertida en el proceso de producción, y siendo esta, proveniente del trabajador vivo, ¿no es más importante asegurar la vida de los obreros cuya fuerza vital es el origen del valor en sí? Pero esto es algo que los ideólogos capitalistas ocultan, por lo que manejan la protección laboral como un gasto y no como una necesidad para garantizar la vida del obrero, a pesar de que la realidad misma ha demostrado lo contrario.
Esto no es nuevo, pues de acuerdo con el artículo 475 Bis de la Ley Federal del Trabajo (LFT), las empresas tienen la obligación de garantizar condiciones seguras de trabajo y contar con Comités de Seguridad e Higiene en cada centro laboral; estos establecen medidas claras para entrenar y prevenir riesgos laborales. Sin embargo, la realidad demuestra que estos derechos son letra muerta cuando el Estado no supervisa y sanciona de manera eficaz, ni impulsa el cumplimiento de estas normas como una prioridad fundamental.
El informe nacional sobre Prácticas de Derechos Humanos 2024 de México, publicado por el Departamento de Estado norteamericano, dio a conocer que el Gobierno mexicano no ha aplicado eficazmente sanciones frente a violaciones graves de derechos laborales, incluyendo libertad sindical, condiciones de trabajo y negociación colectiva, pese a que existen marcos legales que obligan al cumplimiento de estos derechos.
Y es que, incluso las mismas legislaciones laborales actuales, lejos de velar por el bienestar y resguardo del obrero, funcionan en favor del patrón; mientras tanto, los trabajadores siguen siendo expuestos a máquinas sin el mantenimiento adecuado, protocolos inexistentes, equipamiento insuficiente y, sobre todo, a la indiferencia administrativa de las empresas. Esto ocurre en medio de una narrativa oficial que proclama una “primavera laboral” y reformas laborales supuestamente progresistas, pero que, en los hechos, no ha traducido esos principios en seguridad, vida o dignidad para la clase trabajadora.
No hace falta ir demasiado lejos para darse cuenta de la deplorable condición en la que laboran los obreros, y aunque el Gobierno mexicano celebre la creación de nuevas leyes en materia laboral, la implementación de estas políticas no ha encontrado eco en la realidad cotidiana de la clase trabajadora. En lugar de un cambio sustancial, lo que se observa es un Estado que no ha logrado garantizar inspecciones efectivas, sanciones ejemplares, ni una cultura de prevención obligatoria que salve vidas.
Aun cuando herramientas como el Sistema de Quejas y Accidentes Laborales (SIQAL) fueron lanzadas para facilitar la denuncia de condiciones inseguras, esto no constituye una supervisión eficiente en el campo laboral. Falta una estrategia seria de inspección y seguimiento ante la persistencia de prácticas empresariales negligentes, hecho que revela que el Estado solo actúa cuando ya es demasiado tarde, cuando los trabajadores ya perdieron la vida o quedaron heridos. Esta inercia burocrática y la ausencia de medidas preventivas eficaces constituyen un fracaso del modelo de seguridad laboral.
México se rige bajo un sistema de producción capitalista, por tanto, gran parte de las leyes creadas dentro de este modo de producción obedecen a los intereses de la clase en el poder. Muestra de ello es la misma LFT, que en la superficie pareciera ser un respaldo que protege al trabajador, pero en la realidad la aplicación de la misma casi nunca se lleva a cabo, y cuando se realiza, los empleadores buscan la forma de evadir sus responsabilidades y sanciones, sobre todo porque cuentan con el Gobierno que respalda sus intereses y mientras esto siga sucediendo, cientos de obreros seguirán engrosando las lamentables cifras de muertes laborales.
Frente a estas estrategias y la incapacidad del Gobierno para garantizar condiciones de trabajo seguras, existe una respuesta histórica y legitima que revive la lucha por la dignidad laboral: la combativa organización sindical.
Las decenas de muertes, las malas condiciones laborales, la explotación y la desigualdad social están haciendo que el obrero abra los ojos. El engaño del capitalismo está siendo evidenciado por la realidad misma. Ya lo decían Karl Marx y Federico Engels en El Manifiesto del Partido Comunista: “la burguesía produce, ante todo, a sus propios sepultureros”, en este caso, ¿quiénes serán los encargados de acabar con la explotación de los empresarios sobre los obreros? La respuesta es clara: los propios obreros. Pero para que esto suceda, porque no puede un trabajador simplemente levantarse un día y hacer la revolución, es necesario que, una vez conscientes de su poder como clase social productora de la riqueza, los obreros cuenten con un plan de acción que les permita la conquista de sus aspiraciones y tener en cuenta que no se trata solo de luchar por mejores salarios, mejores equipos o menos jornadas laborales: la batalla es más profunda.
Para conquistar el poder político y acabar con este sistema de explotación capitalista el primer paso es la formación de una agrupación sindical auténtica que en verdad defienda los intereses de los trabajadores. La formación de sindicatos auténticos representa un apoyo inmediato frente a las injusticias de los patrones, frente a sindicatos al servicio de las empresas que prefieren mirar hacia el beneficio de las negligencias patronales.
La experiencia universal demuestra que los trabajadores unidos, tenemos voz y capacidad real. No podemos seguir permitiendo que la maquinaria de la industria siga devorando vidas humanas. Es hora de prender la llama que encienda la conciencia obrera: ¡Es hora de organizarnos sindicalmente y luchar por lo que legítimamente es nuestro! La seguridad laboral no se implora, se conquista. La dignidad de los trabajadores no se legisla por decreto, se defiende en unidad y acción colectiva. Porque mientras los gobiernos y las patronales hablen de productividad y crecimiento económico sin garantizar la “seguridad y vida de los trabajadores” estaremos recordando que el proletariado sigue siendo la línea de defensa entre el capital salvaje y la tragedia humana en un sistema que no solo empobrece al obrero, lo expone y acaba con su vida.
El llamado es claro: los trabajadores deben organizarse y sindicalizarse por condiciones de trabajo dignas, salarios justos y protocolos que protejan la vida humana por encima de las ganancias patronales, y para esto es necesario concientizarnos, atacar el problema de raíz y ondear la bandera de la lucha colectiva. Tener en cuenta que el resguardo de la vida misma y, por tanto, de la fuerza de trabajo que es, aunque el patrón se niegue a aceptarlo, la fuerza creadora de toda la riqueza social, un valor no cuantificable.



