Ricardo Torres
La Revolución Industrial que se engendró en Inglaterra, en el siglo XVIII, significó un cambió económico y social que se extendería por Europa y el mundo entero; la aplicación de la ciencia y la tecnología en la agricultura y la manufactura transformaron la economía rural y artesanal en una economía mecanizada, industrializada; la producción de mercancías se multiplicó vertiginosamente a gran escala, aparecieron nuevos mercados y con ellos el desarrollo de nuevos medios de transporte para la comercialización de mercancías.
Esta Revolución Industrial marcó el inicio de la extinción del régimen feudal y el nacimiento del régimen capitalista: el poder económico y político que ostentaban los señores feudales, es decir, los dueños de la tierra, fue quedando en manos de los capitalistas, los propietarios de la industria, el comercio y el dinero, quienes vieron crecer sus riquezas aceleradamente. Como consecuencia de ello, en 1789 estallaría la Revolución Francesa que, en la historia social, significó el inicio del ascenso directo de los capitalistas, los burgueses, al poder político de la sociedad moderna.
El nacimiento de la burguesía como la clase social fue posible solo porque, al mismo tiempo, de manera inseparable, nació también la clase obrera, proletaria, la clase asalariada quien con su fuerza de trabajo se encargó y se encarga de mover las máquinas y producir las mercancías cuya comercialización genera las jugosas ganancias que, hasta nuestros días, se apropian los dueños del capital.
La riqueza de los capitalistas proviene pues de la explotación que los patrones realizan sobre los trabajadores asalariados durante el proceso de la producción de bienes y servicios. Riqueza para los dueños del capital y pobreza para los proletarios, es el rasgo distintivo del sistema capitalista. De modo que el avance del capitalismo, inevitablemente, engendra cada vez más injusticia y desigualdad social. Después de más de dos siglos de capitalismo en el mundo, la concentración de la riqueza social en unas cuantas manos ha adquirido proporciones extremas e inimaginables que revelan que la forma en que actualmente se produce la riqueza social no se corresponde ya con la forma individual de apropiarse de dicha riqueza, solo en favor de unos cuantos multimillonarios.
En este contexto, tres de los últimos informes de Oxfam (una Confederación de organizaciones no gubernamentales que, en más de 80 países, ha sumado sus esfuerzos para luchar contra la pobreza) confirman el carácter explotador del régimen capitalista. Veamos.
En enero de 2024, en su informe denominado “Desigualdad S.A.” Oxfam nos dice que: “Desde 2020, la riqueza conjunta de los cinco hombres más ricos del mundo se ha duplicado, mientras que 5 mil millones de personas se han empobrecido […] Estamos viviendo una era marcada por un poder monopolístico que permite a las empresas controlar los mercados, establecer los términos de intercambio, y obtener beneficios sin temor a perder negocio. No se trata de un fenómeno abstracto sino de una realidad que nos afecta a todos y todas de muchas maneras: influye en nuestros salarios, y determina los alimentos y las medicinas que podemos permitirnos pagar. Esta realidad, lejos de ser una casualidad, es producto del poder que han cedido nuestros Gobiernos a los monopolios.
“El aumento de la monopolización ha reforzado el poder empresarial, cuyo objetivo principal, por encima de cualquier otro, es aumentar los rendimientos para los accionistas. Con el fin de maximizarlos, las empresas hacen uso de su poder y actúan de maneras que impulsan y profundizan aún más la desigualdad […] Las empresas impulsan la desigualdad al usar su poder para forzar a la baja los salarios y dirigir las ganancias hacia los súper ricos. En 2022, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) alertó de que la caída histórica de los salarios reales podría aumentar la desigualdad y agravar el malestar social”.
En la presentación del informe, el director ejecutivo de Oxfam Internacional, Amitabh Behar, declaró: “Estamos asistiendo a lo que parece el inicio de una nueva década de gran división, en la que miles de millones de personas se enfrentan a los efectos económicos de la pandemia, la inflación y la guerra, mientras las fortunas de los milmillonarios crecen desorbitadamente. Esta desigualdad no es ninguna casualidad; los milmillonarios se aseguran que las grandes empresas les generen más riqueza a costa del resto de la población”.
En 2025, en su informe titulado “El saqueo continúa. Pobreza y desigualdad extrema, la herencia del colonialismo”, Oxfam nos dice: “La oligarquía de los milmillonarios crece como nunca. La riqueza de los milmillonarios ha aumentado de forma drástica durante 2024, a un ritmo que triplica al del año anterior. Billones de dólares se están transmitiendo vía herencia, dando lugar a una nueva oligarquía aristocrática que ejerce un inmenso poder en nuestra vida política y nuestra economía. Mientras la clase trabajadora apenas puede sobrevivir. Las personas que viven en la pobreza en todo el mundo continúan enfrentándose a múltiples crisis. Las cicatrices de la pandemia todavía nos acompañan en forma de deudas imposibles de pagar, de salarios más bajos y un considerable aumento de los precios de los alimentos, complicando enormemente la vida diaria de millones de personas […] La fortuna de cada milmillonario creció, en promedio, a un ritmo de dos millones de dólares al día y, en el caso de los diez milmillonarios más ricos, a un ritmo de 100 millones de dólares al día […] Si no se adoptan medidas políticas urgentes para revertir esta preocupante tendencia, es prácticamente seguro que la desigualdad económica seguirá aumentando en el 90 % de los países. Un gran número de países se encuentran en riesgo de caer en la bancarrota. Lastrados por la deuda, no disponen de recursos públicos suficientes para financiar la lucha contra la desigualdad. Los países de renta media y baja destinan, en promedio, el 48 % de su presupuesto a devolver esta deuda, normalmente a ricos acreedores privados con sede en Nueva York y Londres. Este porcentaje supera con creces su gasto combinado en salud y educación”.
Y en particular, en relación a nuestro país, en su más reciente informe que se publicó también en enero de 2025, denominado “Beneficios en fuga”, Oxfam México nos dice: “Este informe examina y cuestiona la lógica detrás del modelo económico actual en México. Afirmamos que ha estado basado históricamente en un patrón de despojo y extracción que se originó desde antes de que México fuera un país independiente y buscamos mostrar que se mantiene hasta nuestros días, a pesar de cambios políticos y tecnológicos y de las diversas transformaciones de nuestra sociedad.
“Durante el período que comprendió el sexenio de López Obrador, las fortunas conjuntas de los milmillonarios mexicanos se mantuvieron relativamente constantes en términos reales, al pasar apenas de 153 a 154 mil millones de dólares entre 2018 y 2025. Destaca que Carlos Slim se mantiene no solo como la persona más rica de México, sino también de América Latina y el Caribe, con una fortuna equivalente a 76.6 mil millones de dólares a finales de 2024. Le siguen Germán Larrea (27.1 mil millones de dólares) y Alejandro Baillères (7.9 mil millones de dólares) a la cabeza de esta lista. No obstante, el número de milmillonarios mexicanos aumentó de 10 a 22 en el mismo período, de los cuales 14 no figuraban en la lista original de 2018. Esto se debe a que 8 de los 14 nuevos milmillonarios desde el 2018 en México son herederos o sucesores en vida de milmillonarios. Son notorios los casos de Alejandro Baillères, quien heredó la fortuna de su padre Alberto cuando este falleció, la sucesión en vida de Juan Francisco Beckmann a sus hijos Juan Domingo y Karen y la entrada en la lista de 2025 de cinco de los hermanos Coppel Luken.
“Es importante resaltar que la ausencia de un impuesto a las grandes herencias en México permite el desarrollo de dinastías familiares, donde los apellidos que encabezan la lista de milmillonarios se mantienen intactos y solo cambian los nombres de pila. Además, no existe un impuesto a las grandes fortunas que detenga o retrase el proceso de acumulación de la riqueza extrema en unas cuantas manos, en su mayoría resultado de la sostenida relación de conveniencia entre el poder público y el privado”.
Entre otros ejemplos, Oxfam México revela las ganancias históricas de la Banca y los servicios financieros, al informar que “En abril de 2024, durante la 87ª Convención Bancaria en Acapulco, donde asistieron banqueros, empresarios, analistas financieros y políticos, el expresidente López Obrador celebró que los cincuenta bancos que operan en el país hubieran reportado unas ganancias inéditas: más de 273 mil millones de pesos en apenas un año. Además, Julio Carranza, presidente de la Asociación de Bancos de México, reconoció que López Obrador no hubiera roto su promesa de mantener sin cambios las reglas para el sector financiero.
“De los ingresos totales que generan los bancos comerciales, una de las fuentes más importantes es el cobro de comisiones e intereses. Al menos desde el 2000, México es de los cinco países donde más ganan los bancos […] De 2000 a 2023, el margen de ingresos por el cobro de comisiones se duplicó. Además, las comisiones que cobran los bancos en México son considerablemente más altas a las de otros países de desarrollo similar, al menos desde hace ocho años. Esto ocurre también con los intereses: en 2021, México era uno de los países en los que los bancos ganaban más por el cobro neto de intereses con respecto a sus activos totales, comparado con América Latina, Estados Unidos y Europa […] En otras palabras, el negocio de los bancos en nuestro país depende de dos cosas: los altos intereses por las deudas y las injustificadas comisiones por el uso de los servicios bancarios […] Entre 2019 y 2023, los cinco bancos más grandes del país acapararon más del 75 % del mercado bancario durante el sexenio de López Obrador, y transfirieron el 49 % del total de utilidades que generaron a sus matrices en España y Estados Unidos. Es decir, los bancos más importantes del país extraen la mitad de sus ganancias en México para llevarlas a sus matrices en el extranjero”.
Como podemos observar, actualmente la concentración de la riqueza en unos cuantos milmillonarios es abominable. Desde que la clase capitalista asumió el poder económico y político de la sociedad moderna, ha obtenido su riqueza a costa de la fuerza de trabajo de millones y millones de asalariados que viven condenados a la pobreza. Los informes de Oxfam son demoledores y confirman la creciente pobreza y desigualdad que sufre la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, mientras unos cuantos ultrarricos monopolizan la producción, los mercados y las finanzas mundiales con la complicidad de los Gobiernos de las naciones.
Al igual que en los países capitalistas del mundo, en México el modelo económico está basado en un patrón de explotación y despojo que beneficia solo al capital. A pesar de que el gobierno morenista haya declarado el fin del régimen neoliberal, lo cierto es que la concentración de la riqueza que ostentan Slim, Larrea o Baillères y la creciente pobreza en que viven millones de trabajadores demuestran todo lo contrario y lo exhibe a todas luces como un gobierno que, al igual que los anteriores, le miente al pueblo. Los hechos revelan que la riqueza de los ultrarricos en México crece hoy al amparo del gobierno morenista.
La solución a tanta desigualdad y pobreza no vendrá de los patrones ni de los gobiernos a su servicio, sino de la fuerza de la clase obrera, de la unidad y combatividad del pueblo pobre que, organizados y conscientes del carácter explotador del régimen capitalista, luchen por construir un nuevo modelo económico que imponga una distribución equitativa de la riqueza social. Sin duda, un largo, complejo y sinuoso camino, es cierto, pero no hay otro.



