Eufemismos laborales

Eufemismos laborales

Cuauhtémoc Campos

Conforme al Diccionario de la lengua española, la palabra eufemismo se define como la “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. En las relaciones laborales frecuentemente escuchamos eufemismos. Estos conceptos que los grupos de interés usan para no decir las cosas como realmente son, que prefieren maquillar para que, siguiendo la definición del DLE, suenen lo más lejano a “duro o malsonante”. Históricamente han sido utilizados para disfrazar la realidad de las cosas, ya sea por su “malsonancia” o porque evitamos decir las cosas por su nombre. Lo que nos incomoda cambia con el tiempo.

Es por ello que, a lo largo de la historia y a partir de que la religión empieza a influir en el mundo, comienzan a surgir tendencias encaminadas a no poder nombrar las cosas o personas relacionadas con seres supremos o infernales o atrocidades de los gobernantes, para que sean bien vistos por la opinión pública. Como en la mitología griega, de donde destaco la tragedia de Esquilo, en la que llamaron Euménides (benévolas) a las Erinias (furias de la mitología griega), encargadas de perseguir a los criminales para atormentarlos por lo que habían hecho, tal como ocurrió con Orestes cuando asesinó a su madre Clitemnestra, por ello subrayo que Esquilo les denominó así eufemísticamente para evitar invocar su ira, más no con esto, era inhibida la ira.

Por otro lado, el autor estadounidense Ralph Keyes quisiera explicarse cómo decimos ciertas cosas sin decirlas del todo. En Euphemania: Our Love Affair with Euphemisms (Eufemismo: Nuestro romance con los eufemismos) aborda temas en donde el sexo, el dinero, la comida y hasta la muerte son referidas por todo el mundo de distintas maneras. Ya sea por miedo a blasfemar, por cortesía o simplemente por diversión con el lenguaje, aunque existen múltiples motivos para emplear eufemismos, destacadamente en el ámbito de la política.

Los encontramos también en las obras de Shakespeare, quien vivió en la era isabelina y jacobina, una época de estricta censura donde la crítica directa a la monarquía podía resultar peligrosa. Sin embargo, a pesar de lo anterior, en Macbeth trata la ambición desmedida y el regicidio (muerte violenta dada al rey o a la reina), reflejando el miedo a la inestabilidad política. Macbeth utiliza un lenguaje eufemístico para evitar nombrar sus crímenes atroces: como “despachado”, utilizado para referirse al asesinato de Banquo; o “seguro” para indicar que un rival ha sido asesinado y no representará una amenaza. Incluso habla del peligro de derrocar a un rey legítimo, un tema delicado tras la Conspiración de la Pólvora contra Jacobo I. Cuando en la obra, en el cuarto acto, la segunda aparición le dice a Macbeth: “Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder del hombre, nadie nacido de mujer a Macbeth podrá dañar”; Shakespeare muestra cómo los gobernantes manipulan la realidad, de modo que, en la obra engañan a Macbeth con una «libertad» aparente que en realidad es una esclavitud al poder opresivo. Empero, en el ejemplo antes citado, Shakespeare utilizó todos estos recursos eufemísticos como una forma inteligente de protesta en contra de los excesos y abusos de la monarquía.

Asimismo, políticos contemporáneos los han usado para ocultar situaciones que conmoverían a la sociedad entera. Como los dichos de David Lloyd George, quien fue Primer Ministro británico durante la Primera Guerra Mundial, dijo una vez que, si habláramos clara y llanamente sobre lo que sucedía en los campos de batalla, la gente exigiría que pusiéramos fin a la guerra. O Winston Churchill, Primer Ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, pronunció un discurso el 5 de marzo de 1946 en el Westminster College, Fulton, Missouri, donde acuñó el término “Cortina de Hierro” o también conocida como “Los Pilares de la Paz”. Misma que no trataba de una paz en sí, más bien se refería a que había que poner un freno al avance de la Unión Soviética en Europa Occidental dado que, en esta ocasión, podían frenar a tiempo el sometimiento de Moscú a los pueblos que estaban bajo su control y salvaguardarlos, como se hubiera podido salvar al mundo del terrible destino y calamidades que Hitler propició a la humanidad.

Ahora bien, en nuestro país, también se han usado y se usan ciertos eufemismos que buscan desvirtuar la esencia de algunos fenómenos, han intentado llamarle colaborador, socio, operador, empleado, operario, etcétera, a los trabajadores asalariados con el fin de nublar o confundir su conciencia para que no comprendan su condición de clase social explotada.

Pero estas formas de referirse al trabajador asalariado no son casuales, atienden a los intereses de los acaudalados, incluso con subterfugios de índole religioso o moral para reconocer y legitimar a los sujetos de la clase dominante, para aceptarla como «querida por Dios». Palabras que les sirven de lazo de cohesión social para que los obreros actúen como si fueran miembros de una misma clase, la de los explotadores. Además de tener un doble uso: se ejerce sobre la conciencia de los asalariados para hacerles aceptar como natural su condición de explotación y para que los miembros de la clase dominante ejerzan como natural su opresión sobre los obreros.

El trabajador debiera entender que el salario es el precio de la fuerza de trabajo, es decir, de la energía humana empleada en el proceso de trabajo, que el capitalista paga solo sufragando el costo de subsistencia del trabajador (comida, vivienda, descanso, etc.) necesario para que al siguiente día regrese a trabajar, ocultando la plusvalía o trabajo no remunerado que genera a la empresa, en otras palabras, no le paga el valor del trabajo realizado. Un aumento en los salarios reduce la plusvalía del capitalista.

Ahora, cuando nos referimos a los trabajadores asalariados, estamos hablando de todo aquel que no cuenta con medios de producción, que no es dueño de mercancías que vayan a parar al mercado o que tenga cierto poder económico. Por ello, llámese como se llame al obrero, no cambia su condición de ser un trabajador que es explotado, es decir, que diariamente con su fuerza de trabajo produce la plusvalía (ganancia) que exige el patrón.

Pero esto no puede ser así para siempre, una vez que queda claro que el interés de la clase dominante es perpetuar su dominación, el interés de la clase dominada debe ser destruir el sistema económico de explotación. Este es el verdadero reto.

La clase trabajadora debe cohesionarse en un solo bloque firme, darse cuenta de la fortaleza que tiene en su número y decidirse a cambiar radicalmente el modelo económico capitalista que impera en el mundo que es quien engendra todos los males sociales que hoy enfrenta la humanidad.

 

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