(Relato corto/1ª Parte)
Federico Hernández
Al principio, creí que no podría
soportar tanta angustia, de una vez,
pero tú ya lo ves, aún estoy vivo;
no me preguntes cómo pudo ser.
Era el mes de abril, corría un viento fresco. Fabián despertó en la oscuridad de su dormitorio en la madrugada, al escuchar el silbido alargado del tren de carga que corría hacia Monterrey; al cesar un momento el chillido, en la habitación contigua, sólo separada por una pared de madera, apenas perceptible, oyó el resuello de la criatura de su hija recién parida. Su esposa ya se encontraba en la minúscula cocina haciendo el lonche que llevaría Fabián a la fábrica. Tenía suficiente tiempo antes de arreglarse y salir a recorrer varias cuadras del barrio y un amplio terreno baldío antes de subir al camión que lo llevaría a la fábrica en que laboraba en la zona Industrial de San Luis Potosí.
Le sucedía de continuo despertarse mucho antes de que aquel ruido cortara el aire de aquella vieja ciudad en que otros tiempos recibió el nombre de La Ciudad de los Jardines; y entonces meditaba en sus problemas, que no eran pocos: ahora era sobre su nieto de apenas algunos días de nacido, en su incierto futuro; pensaba que a la de por sí difícil situación económica que arrastraba su familia, se sumaba esta “bendición” que comía, vestía y necesitaría medicina… Su hija, abandonada por su pareja, le habría dicho que una vez pasada la cuarentena se pondría a trabajar. Todo ello no era sencillo para él, un trabajador fabril, pailero, estoicamente sorteaba todo, pedía horas extras, hacia trabajitos de herrería particulares, enfrentaba, pues, su cruda realidad.
Una bocanada de aire fresco lo recibió al salir de su casa. Al igual que él, otros hombres se dirigían a sus trabajos, todavía somnolientos, arrastrando los pies, sin haberse repuesto de la jornada anterior. En pocos minutos llegó al punto donde pasaría el camión de traslado de personal. Era éste, puntual: siempre a la misma hora para llegar a la fábrica.
En una hora aproximadamente llegó al lugar donde laboraba desde hace más de 20 años, y llegó, como siempre, pensando que su vida ya no le pertenecía al entrar al galerón, que era de otro. Se formó junto a sus compañeros de trabajo para checar la tarjeta. Una vez en la galera, donde se respiraba un fuerte olor a metal y soldadura, lo recibió el ambiente tenso, añejo, de la fábrica. Sí… se respiraba en el taller, en todos sus rincones una inconformidad acumulada y velada: a diario se cometían injusticias contra ellos por el patrón.
Ahora, aquí y allá, en los pequeños grupos de obreros que se formaban espontáneamente, se comentaba lo último, lo de las botas: “Es una burla de El español -así le nombraban los trabajadores al patrón, quien, en efecto, había nacido allá al otro lado del mar- decían unos trabajadores cerrando los puños, no se conforma con negarnos muchas cosas y ahora…”, agregaban otros. Para enrarecer más la tensa atmosfera en esos días se corría el rumor de que no habría nuevamente utilidades que estaban programadas para mayo, pues la empresa “trabajaba con números rojos”, decían esos rumores, una vez más había tenido “pérdidas”.
Poco faltaba para que los casi 200 trabajadores se decidieran a hacer un “paro loco” en aquella fábrica encargada de hacer estructuras metálicas, enclavada en la enorme zona industrial “de la 57”. Ahora, sin más se les pedía como condición para entregarles sus nuevas botas de trabajo, entregaran las viejas, las que por espacio de once meses habían calzado para su trajín en el taller los obreros.
Fabián, hombre delgado, cargado de espaldas, al que apodaban La Burra. Digamos de paso que dentro de la chanza obrera no se perdona ningún defecto físico, o algo de la personalidad o algo en la actividad de un trabajador, que mereciera la atención, y esto es resaltado con apodos del más amplio espectro: el macanas, la burra, el paquetín, etc., y son “llevados”, en muchos casos con más naturalidad que los nombres de pila.
He sido testigo como a una persona al que le apodaban el borracho, y cuyo nombre era Vicente, algún conocido de éste, que al verlo de lejos le grito: “¡Vicente!, ¡Vicente!…” y al ver que no volteaba, tuvo que gritar con redoblada y estentórea voz: “¡Borrachooooo!”, no tardando el aludido en voltear. En la fábrica misma donde se desarrolla este drama y en el que trabaja nuestro protagonista había quien se había ganado el apodo de El bolillo por llevar siempre tortas de bolillo para su almuerzo. Pero dejemos hasta aquí esto; seguramente personas más observadoras de la idiosincrasia mexicana podrán ahondar sobre ello.
Fabián, hombre encanecido prematuramente, no recordaba que se les hubiese hecho eso de recogerles las viejas para entregarles las nuevas. Estaba irritado a más no poder, pero era cauteloso, sabía que eso era solo una “raya más al tigre”, como se dice. Sabía que había cosas más trascendentales por las que se debería pelear.
Fabián había llegado a ser jefe de área de la empresa por su experiencia en todas las áreas, y ahora, decía frecuentemente en sus charlas: “no sé que soy”. Todo porque un día defendió a sus compañeros, se le “plantó” a El español, el cual daba sus recorridos por el taller dos o tres veces a la semana, y le pidió de manera respetuosa diese mascaras de soldar de mejor calidad para los soldadores. Eso fue suficiente para que por órdenes de ese despótico lo relegaran a realizar labores de ayudante general. Ahora, unas veces soldaba, otras, movía la grúa, otras, incluso, le tocaba barrer, etc. Se resignaba.
Lo del asunto de las botas era ya el colmo de los colmos. Causaba la mayor indignación. Los pares de botas que le quitaban a los trabajadores eran metidas en una bolsa transparente y clasificadas según su estado de deterioro y todo esto a la vista de esos hombres que día a día cumplían largas y agotadoras jornadas. “¿Por qué nos hacen esto?”, se preguntaban. “¿Acaso ni las botas nos pertenecen?, ¿acaso la mezquindad del dueño llegaba al grado de asegurarse de que los trabajadores no vendiesen las botas nuevas y conservaran las viejas?”
Los trabajadores más antiguos, en sus pláticas, recordaban el origen de El español como empresario, de cuando “era como ellos”, un simple trabajador que hacía pequeñas chambas, de cuando cargaba su planta de soldar en una destartalada camioneta Ford, de cómo había sido apoyado por el gerente de una de las empresas gigantes del acero del estado de San Luis Potosí, quien le había dado el trabajo de dirigir la construcción de las naves de la naciente empresa y que, de allí, despegar con la explotación de toda una generación de hombres. Llegar a tener, en base a explotarlos a ellos con bajos salarios y mucho trabajo, una fortuna de mediana cuantía.
La familia de El español había llegado a México a fines de la década de los 30, siendo él muy pequeño, huyendo de la guerra civil española, su padre había llegado, como se dice coloquialmente “con una mano atrás y otra adelante”, o sea, pobre como una rata. Ya siendo joven trabajó en Pailería San Luis, luego se independizó, se hizo soldador e iba con su planta de soldar y uno o dos muchachos ofreciendo su oficio. Su amigo, también originario del otro lado del mar, el gerente de la gran empresa acerera, le ofreció para que dirigiera la realización de la estructura de una de las naves de una naciente planta hija de aquella. De ahí en adelante El español empezó su carrera de empresario. Destaquemos que cuando inicio éste, ahora octogenario, era más… más… ¡caramba cómo podríamos decirlo!… sí… “más humano”, eso “más humano”, menos avaricioso como estaba terminando su vida el anciano al frente de su empresa.
En ese día de la entrega de las botas nuevas, se dio el caso, hasta cierto punto chusco, de que uno de los trabajadores más antiguos y con experiencia de la empresa, Natividad Orta, mejor conocido por sus compañeros como La sucia por su aspecto desaliñado y que era el mejor soldador – “está certificado”, decían sus compañeros al reconocer su destreza en el trabajo- tenía dos pares de botas en “su” Locker. Aquella mañana La sucia fue el primero en llegar al sórdido galerón, después de colocarse el overol y antes de cargar sus guantes y mascarilla, decidió ponerse las botas más conservadas, y es que alternaba en su uso ambos pares, un día un par y otro día el otro par. En el momento en que se les pidió entregase las botas viejas corrió por las más viejas. Estaba, es cierto, indignado como todos, y no sería tan tonto como para entregar el par más conservado.
Pues bien; al momento de presentarse frente al supervisor, encargado de la entrega de las botas, este al ver que Natividad mostraba dos pares de botas, las que llevaba en las manos y las puestas, vio como el capataz hizo una pérfida mueca con la que daba a entender que pensaba cobrarse las altanerías supuestas de este terrenal vulcano -pues eran continuos los roces entre los trabajadores y supervisores que trataban de quedar bien a los ojos de El español-, indicándole que debería entregar las que tenía puestas. Pero mejor estemos atentos al dialogo que se dio entre estos dos personajes del drama cotidiano de las fábricas que, por cierto, no tiene nada de romántico:
-No me haga esto mi supervisor; yo estoy cumpliendo trayéndole el par de botas y estas son- dijo La sucia con la cara enrojecida de molestia, mostrando las botas que cargaba en sus fuertes y cicatrizadas manos de soldador.
-Tengo órdenes estrictas de la empresa, Natividad, de recoger las más conservadas-contestó categórico el largucho supervisor- y esas… son las que llevas puestas.
-Pues dígale a su patrón que se quede con sus botas nuevas, pero yo no entrego sino estas, que se las meta por el… -señalando las nuevas que le iban a entregar-, y que le hagan provecho.
-Mira, Natividad, no te molestes– le dijo el supervisor para caldear más la discusión-; lo hacemos porque nos hemos enterado de que siempre venden las que les damos nuevas y siguen usando las mismas.
– Pues si lo hacemos es porque los salarios que pagan en esta empresa son de hambre.
Y es que La sucia era más instintivo que consciente de las injusticias que se cometían contra los trabajadores; nunca había querido asistir a reuniones a las que lo había invitado Fabián para estudiar. Él sólo vivía el día a día en carne propia, muchas injusticias en esa empresa “rascuacha”, como solía nombrarla. No tenía claridad y por eso reaccionaban igual que muchos: maldiciendo a los de la oficina, a los “perfumados”. Él había pasado más de 30 años en el galerón y había visto desfilar a compañeros que incluso ya habían pasado a mejor vida por exceso de desgaste en el trabajo y las enfermedades derivadas de este. Él, como soldador, tenía que consumir leche a diario para aminorar los efectos de las sustancias que inhalaba en su actividad diaria como soldador; cómo costo que la empresa les diera un par de litros de leche que eran llevados por los soldadores a sus casas.
Mientras tanto, Fabián, más consciente, observaba de cerca el episodio y sabía que a él lo podían correr con un “tronar de dedos” -dados los problemas con el patrón- si se ponía como La sucia. Le hervía la sangre por la injusticia cometida contra todos los obreros, pero sabía que debía conservar la serenidad y no decir nada. Luego se juntaría en la hora de la comida con algunos de sus compañeros y decidirían qué hacer. Sabía que no contaban con el sindicato que existía al interior de la fábrica, un sindicato de los llamados “patronales”, que sirven a los intereses de las empresas, simulando defender a los obreros.
-Tu sabes lo que haces; yo sólo cumplo órdenes- eso le dijo impositivo el supervisor a Natividad.
La sucia se dio la media vuelta, y aunque molesto por el incidente sintió en su alma tranquilidad pues no había cedido; las botas eran una prestación que les correspondía, según el contrato colectivo de trabajo que los regía en la empresa.
En ese obrero, en su vida diaria, se reflejaba, como una gota de agua refleja el mundo, los padecimientos de todos los obreros.



