Marat Barca
Recientemente muchos analistas han denominado a la actual crisis económica como crisis terminal del capitalismo. En palabras llanas, toda crisis es aquel escenario en el que no se cuenta con los medios para resolver un problema determinado. Si bien en las anteriores crisis económicas el capitalismo había logrado salir adelante como sistema económico, ahora al caracterizar la actual crisis del sistema capitalista en su conjunto como terminal, ya no podrá implementar medidas que le permitan tomar aire y continuar. ¿En qué momento y de qué forma tendrá su caída definitiva?, no es posible precisarlo. Recordemos que los fenómenos de transición de una época a otra son procesos de larga duración; más que fijar un periodo de inicio y fin, tenemos que pensarlos, en una primera etapa, como una amalgama entre lo viejo y lo nuevo.
Respecto a la crisis actual, de manera sintética diré que el capital-dinero, es decir, aquellos recursos destinados a la inversión, ahora se encuentran concentrados en bancas poderosas como JP Morgan o BlackRock (sólo esta última concentra mayor fondo de inversión que el PIB de cualquier país en el mundo, excepto China y Estados Unidos), debido a que el capital-productivo, aquel recurso que se emplean para producir bienes, llegó a una saturación de mercado, y dado que el capital no puede estar subutilizado, la manera que ha encontrado el imperio para sobrevivir es haciendo guerras para vender las mercancías propias de la industria armamentista, además de abrir mercados en los cuales las mercancías de occidente no habían llegado. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, le ha apostado a la industrialización de su país, pero ahora tiene como principal enemigo en el mercado al “precio chino”; he ahí que se le han cerrado todos los caminos.
En esta ocasión haré referencia a la crisis económica de 1929 y el impacto que tuvo en la economía mexicana, como un ejemplo del costo que han acarreado los trabajadores mexicanos en anteriores crisis económicas. Para entender el efecto de la crisis de 1929 sobre la economía mexicana es necesario considerar la relación económica que había entre Estados Unidos y México para identificar los mecanismos y alcances de la transmisión de la crisis externa a la economía nacional.
La crisis de 1929 provocó que el valor de la producción de Estados Unidos cayera dramáticamente: en 1932 el PIB estadounidense había disminuido un 27%, la producción industrial un 50% y el desempleo afectó a la tercera parte de la población estadounidense. Esta situación necesariamente trajo repercusiones para nuestro país. Desde entonces, por su vecindad, aquella nación era nuestro principal socio comercial: para 1924 el 80% de las exportaciones tenían como destino dicho país, mientras que el 70% de las importaciones mexicanas tenía a Estados Unidos como proveedor.
Otro de los efectos manifiestos de la crisis fue la caída en el tamaño de las exportaciones. Los países exportadores de materia prima como el nuestro sufrieron una disminución importante. El comercio exterior se redujo a la mitad; cerraron prácticamente todas las minas del norte del país, de plata y cobre particularmente. En paralelo, se presentó un deterioro de los términos del intercambio, México importaba bienes manufacturados cuyos precios no cayeron, lo que provocó que fuera más costoso comprar estos bienes manufacturados en términos de los bienes que nuestro país exportaba. El tipo de cambio se depreció en un 21.9% y el superávit de la balanza comercial disminuyó de 96 a 39 millones de pesos.
A pesar de que éramos un país cuya población garantizaba su sustento a partir de la producción de autoconsumo, el sector exportador en la economía mexicana era el motor del crecimiento, este sector creaba empleos y contribuía notablemente al incremento del volumen de la producción. De ahí que su mal desempeño, como resultado de la crisis de 1929, se dejó sentir en la población mexicana. De acuerdo con la Dirección General de Estadística, en 1931 el desempleo en el país aumentó más del triple llegando a afectar a 339 mil trabajadores, más de tres veces y media la cifra de 1930; además de los 310 mil mexicanos que trabajaban en Estados Unidos que, producto también de la crisis, habían sido repatriados. Finalmente, también se afectaron las finanzas públicas dado que los impuestos al comercio exterior constituían la principal fuente de los ingresos gubernamentales; los ingresos públicos cayeron 52%, por lo que disminuyó el gasto público.
En suma, la economía nacional se contrajo: entre 1929 y 1932 el PIB disminuyó 17.6% en términos reales (4.7 en promedio anual y 5.7 por habitante). Los sectores más afectados fueron la minería, la manufactura, la construcción, el sector forestal y en menor medida el sector petrolero.
Regresando a la crisis económica actual y sus efectos en los trabajadores, en el segundo semestre de 2025, dada la crisis del imperialismo, nos encontramos en una recesión técnica, pues ya sumamos dos trimestres consecutivos de caída del PIB. Ello implicará, entre otras consecuencias, recorte de personal en varias empresas, sobre todo en aquellas que comercian directamente con Estados Unidos; así como parálisis en las revisiones salariales y contractuales. Tal escenario se agrava para el gran número de mexicanos desempleados o aquellos que lo hacen bajo modalidades de subcontratación.
La historia económica de México demuestra que las crisis del capitalismo lejos de ser eventos aislados, se repiten con consecuencias profundas para la clase trabajadora. Desde la gran depresión de 1929 hasta la recesión actual de 2025, los trabajadores mexicanos han sido quienes cargan con los efectos más duros del colapso de un modelo económico centrado en la acumulación del capital y la subordinación de la economía nacional a los intereses del capital transnacional.
La actual recesión técnica no es un fenómeno nuevo, sino parte de una larga cadena de crisis estructurales que evidencian la incapacidad del sistema capitalista para garantizar condiciones de vida dignas para las mayorías. Frente a esta realidad, se vuelve urgente decidirnos a organizarnos como clase trabajadora para luchar por nuevas formas de organización económica y social que prioricen el bienestar humano por encima de la ganancia.



