Se cumplen 80 años de la grandiosa hazaña del pueblo soviético
Sergio Cadena
En diferentes momentos de la humanidad, a los hombres les ha parecido que el régimen social en que les tocó vivir es eterno e inmutable, que hicieran lo que hicieran no podían cambiarlo. Al reafirmar esta idea reaccionaria y acientífica (actualmente está comprobado científicamente que todo cambia: las cosas, los hombres, las sociedades, etc.) propagada por la clase dominante, se ha sumado siempre la religión. Así, durante siglos, la gente pensó que el imperio romano nunca caería o que el dominio feudal sería para siempre. Mucho más cercano a nosotros, hace apenas 34 años y con motivo de la desaparición del bloque de países socialistas, se declaró ¡el fin de la historia!, en otras palabras, después del capitalismo ya no hay nada, la sociedad basada en el dominio del capital era a lo más que podíamos aspirar.
Afortunadamente, en la siguiente década, la realidad desmintió a todo ese ejército de aduladores y apologistas del capitalismo y, pocos años después, el mundo ha comenzado a desarrollarse, como es de todos sabido, de manera multipolar: ya no es Estados Unidos el amo y señor del mundo, su hegemonía se está cayendo a pedazos. Así lo evidencian su fracaso militar en Ucrania, su desprestigio mundial por su complicidad en la matanza de palestinos y su fracaso comercial a manos de sus rivales chinos.
Pues bien, uno de esos momentos, en que parecía que las fuerzas retrógradas eran invencibles, fue al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y ¿cómo no iba a parecer invencible el ejército nazi comandado por Adolfo Hitler, si en unas cuantas semanas había sometido a Polonia, Francia y los países bajos? Todos los pronósticos apuntaban a que iba a suceder lo mismo con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), único país socialista en el mundo, para esa época. Sin embargo, todo ocurrió de manera totalmente diferente a como lo calculó el bloque fascista (integrado por alemanes, italianos, españoles y japoneses) y el de los “aliados”, el cual no intervino hasta que vio que ya era clara la victoria de los soviéticos, puesto que su objetivo era que los alemanes destruyeran al único país socialista en esos momentos. En efecto, después de más de cuatro años de guerra, el pueblo soviético, bajo la dirección de José Stalin, logró no solo expulsar de su territorio al ejército invasor, sino liberar a toda Europa del este y llegar incluso hasta Berlín, propinando así a las hordas fascistas una aplastante e inobjetable derrota.
Pero ¿cómo y por qué pudo realizarse esta inmensa hazaña histórica? En síntesis, porque los soviéticos actuaron de manera planificada (como en la economía socialista): primero se replegaron tácticamente y después esperaron a los fascistas en los lugares más convenientes para ellos. Además, la participación fue total, desde niños hasta ancianos, mujeres y hombres, unos en el frente y otros en la producción de artefactos militares, etc., (la novela de Alexander Fadéiev, La Joven Guardia, así lo testimonia). En fin, el actuar como un solo hombre, de manera muy organizada y sobre todo consciente, les permitió alzarse con ese grandioso triunfo que liberó no sólo a Europa del este, sino al resto del mundo de tan horrible flagelo.
Los revolucionarios de todo el mundo tomaron como ejemplo e inspiración esta gran hazaña y de igual manera el heroico pueblo vietnamita logró vencer al imperialismo yanqui en 1970, después de resistir diez años de agresión militar. Y, a inicios de la misma década, el pueblo cubano logró vencer dos intervenciones militares a manos de mercenarios contratados por los yanquis. En 1979 los sandinistas en Nicaragua derrocaron la dictadura de Anastasio Somoza, apoyada por los norteamericanos, etc.
Por todo lo anterior, los revolucionarios en México debemos concluir que no hay poder inexpugnable que no se pueda vencer. Que la inmensa hazaña del pueblo soviético sea nuestro ejemplo e inspiración en nuestra lucha diaria. Así sea.



