Siria: injerencia militar y desinformación

Ricardo Torres

Con la fuerza de las armas, el pasado 8 de diciembre, fue derrocado el gobierno de Siria que encabezaba el presidente Bashar al-Assad. Lamentablemente la inmensa mayoría de los trabajadores mexicanos, agobiados por sus actividades laborales, las necesidades inmediatas para atender los gastos familiares y debido a la despolitización que impone el sistema económico en que vivimos, desconoce incluso donde se ubica Siria en la geografía del planeta. De modo que este tipo de acontecimientos los miran como ajenos, desvinculados con nuestra realidad cotidiana y, por tanto, sin posibilidades de valorar su importancia. Y si agregamos, además, la manipulación y desinformación que realizan todos los días los medios de comunicación masiva al servicio del capital, los dueños del dinero que controlan el mundo quisieran que este hecho, para los trabajadores, pasara solo como un dato noticioso y nada más.

Es por ello que me parece necesario que los trabajadores tengamos una idea general de lo que está ocurriendo en Siria, que contemos con información y elementos que, en alguna medida, nos permitan comprender su significado en Medio Oriente y el mundo entero. Veamos.

¿Cómo fue derrocado el presidente sirio Bashar al-Assad? Un fuerte grupo de terroristas mercenarios armados hasta los dientes, pertenecientes al Ejército para la Liberación de Levante (Hayat Tahrir al-Sham / HTS, anteriormente conocido como Frente Al Nusura, afiliado a Al-Qaeda, considerados terroristas por la Organización de las Naciones Unidas) junto con otras milicias opositoras -todos apoyados económica y militarmente por los Gobiernos de Estados Unidos, Israel y diversos países de Occidente-, en menos de dos semanas lograron apoderarse de varias ciudades importantes y luego de Damasco, capital de Siria, para doblegar después al ejército gubernamental y obligar la salida de Bashar al-Assad del país, quien, junto con su familia, se exilió en Rusia.

Pero debemos saber que los ataques para derrocar al Gobierno Sirio comenzaron desde hace más de una década. Con la implementación de la llamada “Primavera Árabe”, en 2010, de manera encubierta el Gobierno norteamericano instrumentó un movimiento social que buscaba un cambio de régimen político en los países de la región árabe para adueñarse de sus mercados y recursos naturales, principalmente al norte de África y en Medio Oriente. Este movimiento consistió en manifestaciones populares que acusaban el autoritarismo de sus gobiernos, protestas que, enmascaradas en la legítima inconformidad social, gradualmente se radicalizaban hasta convertirse en rebeliones dirigidas por agitadores a sueldo para provocar disturbios y enfrentamientos con la policía, incitar a la violencia para generar heridos y muertos, y de esta forma enarbolar las banderas contra la “represión” y en defensa de la “democracia” para luego exigir la caída del “dictador” en turno, inyectando en la opinión pública mundial la aprobación del inevitable cambio de régimen: así fue derrocado Ben Ali, en Túnez; Hosni Mubarak, en Egipto o Muamar Gadafi, en Libia, donde la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) liderada por EE. UU., tuvo que quitarse la máscara primaveral, intervenir abiertamente y bombardear Libia hasta que logró asesinar a Gadafi.

Como ocurrió y sigue sucediendo en muchos otros países, esta estrategia de desestabilización social se aplicó también en Siria. En 2011 las protestas sociales se convirtieron en una rebelión armada que derivó en una prologada guerra civil. Al Qaeda, ISIS y otros grupos terroristas se sumaron a la rebelión interna contra el gobierno de Assad. Sin embargo, el apoyo de su pueblo contuvo los primeros embates. Surgieron entonces los ataques y bombardeos indiscriminados a la infraestructura urbana y contra la población siria. Además, Estados Unidos y sus aliados de Occidente le impusieron sanciones económicas y comerciales al gobierno de Assad para debilitar su economía: sus exportaciones de petróleo se desplomaron, el sector manufacturero se contrajo, la quema deliberada de campos y cosechas perjudicó enormemente al sector agrícola y los precios de los productos básicos se dispararon estrepitosamente.

Bloqueo, violencia, pobreza y hambre eran las condiciones que el imperio norteamericano le imponía a Siria para derrocar su régimen; el 90 por ciento de la población vive en la pobreza y existe una enorme escasez de productos básicos. Incluso la asistencia humanitaria de otros países con alimentos, agua potable, medicinas o combustibles fue impedida. La intervención militar de Rusia en 2015, a solicitud de Assad, le permitió un respiro de estabilidad social, sin embargo, los ataques continuaron en una guerra de baja intensidad y la compleja situación interna del país, plagada de intereses económicos, políticos, militares, étnicos y religiosos, se agudizaba y mantenía su curso. La asfixia económica, la fragmentación social y el agotamiento militar terminaron por imponerse.

La guerra civil en Siria ha tenido un saldo de más de 500 mil muertos, más de 2 millones de heridos, más de 4 millones de desplazados en su propio territorio y más de 6 millones de sirios que abandonaron el país.

Cabe señalar que en esta injerencia militar contra Siria han jugado un papel relevante Israel y Turquía como actores regionales. Israel es el principal aliado del gobierno norteamericano en la zona y, por tanto, siempre ha recibido el incondicional apoyo económico y militar de Washington; el espeluznante genocidio que hoy sufre el pueblo Palestino en la Franja de Gaza y Cisjordania con un saldo de más de 42 mil palestinos muertos, la mayoría de ellos mujeres y niños, y más de 100 mil heridos y mutilados, obedece al interés israelí de apoderarse de su territorio y sus recursos naturales. Pues este mismo interés tiene Israel también sobre sus fronteras con el territorio sirio. Es por ello que, para asegurar la caída del gobierno de Assad, estuvo lanzando una permanente operación militar para destruir la infraestructura de defensa del Estado sirio: tanques, equipos antiaéreos, drones, helicópteros y aviones de la fuerza aérea, de la marina, así como depósitos de armamento sirio. De esta manera, mientras en diciembre de 2024 los terroristas del HTS se apoderaban de Damasco, cerrando la pinza en el suroeste de Siria, invadiendo territorio sirio, los tanques del ejército israelí se apoderaban de los Altos Golán, a unos cuantos kilómetros de la capital.

Por su parte, en el norte de Siria, el Gobierno de Turquía, miembro de la OTAN, apoyó a una parte de las fuerzas opositoras y, aprovechado el agotamiento del gobierno de Assad, pretende rebasar sus fronteras para anexarse parte de su territorio y así recuperar antiguas provincias que pertenecieron al otrora imperio otomano que existió hasta antes de la Primera Guerra Mundial.

En suma, como podemos entender, la caída del gobierno sirio no se debe a la combativa y legítima lucha del pueblo organizado por sacudirse a un “dictador” autocrático, sino al debilitamiento y fragmentación interna de la sociedad siria promovidos por la injerencia militar de intereses externos, de actores regionales y globales, que persiguen el control económico y político de esta nación.

¿Y por qué razón EE. UU. y sus aliados de Occidente derrocaron al gobierno del presidente Bashar al-Assad? No solo para apropiarse de la enorme riqueza de sus recursos naturales, sino porque en la lucha por definir el nuevo orden mundial, entre un mundo unipolar liderado por EE. UU. o un mundo multipolar liderado por China y Rusia, la ubicación territorial de Siria la coloca como un sitio geoestratégico de primer orden en las rutas del tránsito comercial de mercancías a través del Mediterráneo provenientes de Norteamérica y Europa hacia la región continental euroasiática y, por otro lado, como un lugar preferente con miras a un futuro  enfrentamiento directo de EE. UU. contra Rusia y China.

Y vaya que la posibilidad de una escalada militar entre estos países sigue latente y se acrecienta cada vez más. Basta con mencionar el envío de misiles tácticos de largo alcance de fabricación estadounidense que desde Ucrania, con la aprobación y asesoría del Gobierno norteamericano, Zelensky lanzó contra Rusia en noviembre de 2024; y la automática respuesta de Vladimir Putin, días después, al confirmar el contraataque a territorio ucraniano con un misil balístico hipersónico sin carga nuclear (Oreshnik) que alcanza una velocidad de 3 kilómetros por segundo, lo que significa que ninguno de los modernos sistemas de defensa antiaérea puede interceptar. Y más aún, al declarar Putin que, en defensa de su territorio, Rusia se reserva el derecho a usar su arsenal contra instalaciones militares de países que, como EE. UU., permiten a Kiev utilizar sus misiles para golpear territorio ruso. En este contexto, como Assad mantenía un régimen laico de tendencia socialista que apoyaba abiertamente a Rusia en favor de un mundo multipolar, el imperialismo norteamericano decidió emplearse a fondo para deshacerse de su gobierno.

Vistas así las cosas resulta un verdadero engaño la manera en que los medios de comunicación masiva al servicio del poder y del imperio norteamericano manipulan y desinforman a la opinión pública mundial convirtiendo a los mercenarios terroristas del HTS ahora en heroicos “insurgentes”, “revolucionarios” cuya “ofensiva rebelde” logró derrocar al “dictador” sirio. Sin importar que se trate de asesinos a sueldo, armados y entrenados para matar. El mensaje es claro: el mundo entero debe reconocer, apoyar y aplaudir a todo aquel que se sume en favor de los intereses del imperialismo norteamericano, como hoy ocurre con las huestes del HTS, y, al mismo tiempo, el mundo debe condenar y repudiar a todo aquel que Washington señale con su dedo flamígero como “dictador”, como diariamente lo hace a través de los medios en contra de Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Díaz-Canel en Cuba, Putin en Rusia, Xi Jinping en China o Assad en Siria. Todas estas naciones hoy están sujetas a bloqueos y sanciones económicas y comerciales para impedir su sano desarrollo y son partidarias de un mundo multipolar que respete la soberanía de las naciones. Luego entonces, que nadie se engañe, en la lucha por el nuevo orden internacional lo que el imperialismo norteamericano no puede aceptar es que exista un modelo económico y político socialista que le muestre a los pueblos pobres que un mundo mejor es posible, sin tanta injusticia, desigualdad y pobreza como la que actualmente existe bajo el régimen capitalista.

De igual forma se engaña a la opinión pública mundial cuando los medios de comunicación replican hasta el cansancio declaraciones de jefes de Estado, diplomáticos, partidos políticos, académicos y comunicadores proimperialistas que afirman jubilosos que “lo ocurrido en Siria es un gran alivio para el pueblo sirio”, “un acontecimiento positivo y largamente esperado”, “la revolución siria ha derrotado a la dictadura tras 13 años de lucha”, “cayó el régimen del dictador Bashar Al Assad en Siria”, “apoyamos y declaramos nuestra solidaridad con el pueblo sirio y con este primer triunfo revolucionario”, entre muchas otras falsedades. La llegada de los mercenarios terroristas del HTS no traerá alivio al pueblo sirio, ni se trata de una revolución o un triunfo revolucionario, nada de eso. ¡Los aplaudidores proimperialistas mienten! Se trató de una abierte injerencia militar en contra de un gobierno legítimo, laico, de tendencia socialista y defensor de un mundo multipolar.

¿Y a los trabajadores mexicanos en qué nos afecta lo que pase en Siria y en el mundo? Si entendemos que, en este momento, en el planeta se está librando una fuerte lucha por definir el nuevo orden mundial, donde el imperialismo norteamericano está perdiendo su hegemonía unipolar frente a un mundo multipolar que gradualmente se impone en el terreno de los hechos -debido a la crisis económica y política interna que sufre EE. UU., la desdolarización de la economía mundial, el avance incontenible de los BRICS, su anunciada derrota en Ucrania y su debilitamiento económico frente a China-, entonces podremos entender mejor que el Gobierno norteamericano está herido de muerte y, por tanto, está dispuesto a todo con tal de perpetuar su dominio sobre los países del mundo entero. El genocidio de mujeres y niños en Palestina y los crímenes contra el pueblo sirio para luego derrocar al gobierno de Assad utilizando a los terroristas del HTS, así lo demuestran.

Por tanto, cómo dice el sabio proverbio popular “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Donald Trump ganó las elecciones en EE. UU., está envalentonado y, atendiendo a los intereses de los poderes económicos más importantes del planeta, se propone también reforzar su control sobre los países del continente americano. La imposición de aranceles del 25 por ciento a todos los productos mexicanos que se importan a Estados Unidos y la deportación masiva de compatriotas que allá laboran, son medidas que repercutirán inevitablemente en la economía de nuestro país: crecerá el desempleo y la pobreza. Y si a ello agregamos que, además, anuncia que llevará a cabo operaciones militares en México supuestamente para combatir a los cárteles de las drogas: obscuro y sangriento panorama le espera a nuestra maltrecha soberanía.

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