Acerca del mundial de futbol 2026
Ricardo Torres
Estamos a unos días de que inicie la Copa Mundial de Futbol 2026 que se realizará simultáneamente en Estados Unidos, México y Canadá, la más grande de sus ediciones: se disputarán un total de 104 partidos, lo que representa un aumento significativo respecto a los 64 encuentros de ediciones anteriores; por primera vez competirán 48 selecciones nacionales (16 más que en Qatar 2022); y el torneo tendrá una duración de 39 días, la inauguración será este jueves 11 de junio en el Estadio Azteca de la Ciudad de México y la gran final está programada para el domingo 19 de julio de 2026 en el Estadio MetLife en Nueva Jersey. El torneo será visto de manera directa por más de 5 mil millones de personas en el mundo.
De los 104 encuentros, se realizarán 78 en Estados Unidos, 13 en México y 13 en Canadá. Recordemos que en junio de 2018, durante el 68.° Congreso de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), resultó ganadora esta candidatura tripartita en razón de que sería la más lucrativa de su historia debido al alto poder adquisitivo del mercado norteamericano, además, por la cantidad de estadios de futbol ya existente en las tres naciones, la logística que ofrecían los servicios de transporte, alojamiento y telecomunicaciones de la región y porque estos aspectos en su conjunto permitían la ampliación en el número de equipos participantes y la prolongación del torneo.
Los 48 equipos quedaron distribuidos en 12 grupos de cuatro integrantes cada uno. Salvo México, Canadá y Estados Unidos, que encabezan los grupos A, B y D, respectivamente, -que por ser sedes organizadoras del torneo participan de manera directa sin haber enfrentado encuentros eliminatorios-, los nueve equipos restantes son los más fuertes candidatos a ganar la Copa Mundial de Futbol 2026: Brasil, Alemania, Países Bajos (Holanda), Bélgica, España, Francia, Argentina, Portugal e Inglaterra.
No obstante, en este sentido, nada está escrito, la calidad del buen futbol habrá de imponerse en la cancha: basta mencionar el reciente triunfo de 2 – 1 del equipo africano de Costa de Marfil venciendo en partido amistoso de preparación al equipo de Francia (campeón del mundo en Rusia 2018 y subcampeón en Qatar 2022) o el triunfo de 4 – 1, en tanda de penales, de Bosnia Herzegovina sobre Italia, en la final del repechaje de las eliminatorias del futbol europeo, en donde la famosa escuadra Azzurra quedó fuera del Mundial 2026, ambos botones de muestra que nos ayudan a confirmar que, también en el deporte del futbol, una adecuada dirección, con una rigurosa disciplina del plantel, con una combativa entrega y un esforzado trabajo de conjunto son elementos que, sin lugar a dudas, pueden servir de base para vencer hasta los equipos más encumbrados del mundo.
Como decía el legendario cronista deportivo mexicano, “todos los que queremos y amamos al futbol” esperamos que este mundial 2026 esté plagado de buen futbol: que se practique un juego limpio, que se exhiba una mayor calidad individual y colectiva que la de ediciones anteriores, que prevalezca siempre el respeto al adversario y el sincero reconocimiento hacia el vencedor. Que sea pues una justa mundialista que haga trascender el simple entretenimiento para convertirse en una comunión entre las distintas selecciones nacionales, sus aficionados y los pueblos que practican este apasionante deporte del balompié.
Pero la Copa Mundial de Futbol 2026 no se ha organizado para servir a los genuinos intereses de los pueblos del planeta, sino para beneficiar a los intereses de los dueños del capital. Los mundiales de futbol se han convertido en una lucrativa actividad al servicio de las grandes multinacionales, por ejemplo, de bebidas y alimentos como Coca Cola, PepsiCo o McDonald’s; de equipamiento deportivo como Adidas, Nike o Puma; de cadenas hoteleras como Marriot, Holiday Inn o Crowne Plaza; de líneas aéreas como Qatar Airways, American Airlines o Aeroméxico; de gigantes tecnológicos como Lenovo, Nvidia o Hisense; de bancos como Bank of América, Goldman Sachs o BBVA; de cadenas televisivas como Televisa, TV Azteca o Fox; de telecomunicación como AT&T, Telcel o Verizon, entre muchas otras empresas multimillonarias.
Estas grandes corporaciones, a través de la FIFA, obtienen fabulosos ingresos por la venta de derechos de transmisión y difusión; por la venta de derechos de patrocinio y comercialización; por el ingreso de los aficionados a los estadios; por las exenciones fiscales y privilegios financieros que reciben los capitales promotores; por el impulso al turismo, la hotelería, el transporte y el entretenimiento en las sedes mundialistas; por la venta de productos oficiales promocionales o conmemorativos, entre muchas otras fuentes de ingreso.
Estamos viviendo el capitalismo en su fase imperialista y se caracteriza porque los dueños de la industria, el dinero y el comercio, no solo se apropian de la riqueza económica que, con sus manos, produce la clase trabajadora, sino que, además, para perpetuar su dominio, utilizan todos los medios a su alcance para apropiarse también de la vida espiritual, del pensamiento y de la ideología del pueblo trabajador, para así adormecer su conciencia política y contener sus reclamos por la feroz explotación laboral que enfrenta todos los días.
Precisamente en este empeño por adormecer la conciencia política de la clase trabajadora, los capitalistas también controlan y manipulan el deporte, y muy en especial el futbol debido a su popularidad e impacto social: lo utilizan como un anestésico despolitizador, para que el trabajador esté pendiente de los partidos y sus resultados, del desempeño de los jugadores, de las mejores jugadas y anotaciones, de modo que no tenga tiempo para reflexionar sobre su situación, para que se olvide de los graves problemas económicos, políticos y sociales que enfrenta y para que, incluso, felizmente se resigne a vivir en la pobreza a la que ha sido condenado por el capital.
Y más ahora que el imperialismo atraviesa una etapa irreversible de agotamiento, no solo hay que despolitizar y manipular al trabajador, sino que ahora hay que ocultarle la realidad, deformarla y engañar a los pueblos del mundo.
En este sentido podemos decir que en su intento por mantener su hegemonía mundial, el Gobierno estadounidense intenta revitalizar su maltrecha economía desplegando una política de guerra que le ayude a restablecer los gigantescos ingresos económicos que se obtienen de la industria armamentista, al mismo tiempo en que se apodera de la mayor cantidad de recursos naturales del planeta: en febrero de 2022, a través de los militares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y en complicidad con el Gobierno de Ucrania, provocó el conflicto contra Rusia; en octubre de 2023, a través del ejército israelí, arreció su criminal y despiadado genocidio contra el pueblo palestino, y ahora también contra el pueblo de Líbano; en enero de 2026 invadió Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro Moros y a su esposa; en febrero de 2026, junto con el ejército israelí bombardearon Irán y asesinaron a su líder supremo, el Ayatola Alí Jamenei; amenaza con apoderarse de Groenlandia; ha desatado una violenta campaña de deportaciones masivas en territorio norteamericano contra migrantes; amenaza con una intervención militar en México con el pretexto de combatir a los cárteles de la droga; la misma amenaza de intervención militar pende sobre Cuba para imponer un cambio de régimen político en la isla con el pretexto de que representa “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de Estados Unidos, etc., etc., etc.
Esta es sólo parte de la cruda realidad que pretende ocultar el criminal imperialismo norteamericano en la Copa Mundial de futbol 2026 para proyectar al mundo un rostro distinto, una falsa imagen de prosperidad y progreso que sólo busca consolidar su reposicionamiento geopolítico en América Latina y el mundo.
Como vemos, en el sistema económico capitalista el futbol se convirtió en un negocio y en la esfera política se utiliza como instrumento de manipulación social, mientras que los pueblos y sus hinchas pugnamos porque el talento y la destreza, la creatividad y la alegría que genera el hermoso deporte del futbol se imponga ante el mezquino interés del capital.
Permítaseme soñar en un nuevo orden mundial sin guerras donde el ser humano viva en armonía, donde sea capaz de desarrollar sus cualidades individuales y colectivas para competir fraternalmente entre las naciones por la superación misma del individuo como ser social. Sin duda una tarea que solo los pueblos del mundo podrán hacer realidad si se lo proponen, porque como vemos, los capitalistas encabezados por el imperialismo norteamericano seguirán deshumanizando el deporte para convertirlo en un negocio millonario. No lo permitamos y pongamos manos a la obra.



