Renata Aguilar
Donald Trump no ha dejado de esperar un minuto en su segundo mandato para vociferar públicamente advertencias, amenazas, desaires y hasta halagos. Lo que dice y lo que puede hacer tiene en alerta al mundo. Es impresionante cómo una sola declaración suya puede hacer temblar a naciones enteras. No es para menos, pues representa aún la cara del imperio.
“Imperio”, según la Real Academia Española, es la acción de imperar, es decir, de mandar. En este sentido, superficial aún, podemos entender a Estados Unidos como el mandamás, el que ordena a otros países. Esta definición escueta, es limitada, pero nos ayuda a comprender.
Lenin, por su parte, define al imperialismo como la fase superior del capitalismo y señala como sus características fundamentales la formación de monopolios, la fusión del capital bancario y el industrial, la exportación de capital y la lucha agudizada por el reparto del mundo. Esto se traduce en un poder económico descomunal, que sustenta la dominación imperialista.
En el siglo XX, Estados Unidos encarnó este modelo. Su consolidación como potencia dominante se dio tras la Segunda Guerra Mundial, cuando afianzó su hegemonía económica y militar a través de sus instrumentos que actuaron como tentáculos para controlar el mundo: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (poder económico). Su dominio solo encontró resistencia en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), pero tras la disolución de esta en 1991, la supremacía estadounidense se volvió prácticamente absoluta.
Este dominio, sin embargo, no es perpetuo. Si bien Trump ha asumido la conducción del imperio, su poder de antaño no es el mismo. Las señales de su debilitamiento son cada vez más evidentes. En un artículo de opinión El imperio y la humillación de los débiles, Abel Pérez Zamorano expone con claridad dicha debilidad, al afirmar: “Pero más allá de la ideología, el acicate de la agresividad imperialista es económico: concretamente su retroceso relativo […] pero el retroceso es general […] He ahí la verdadera preocupación: el creciente rezago frente a China y el ascenso de los BRICS”.
Económicamente, Estados Unidos se está quedando rezagado frente a otros países, principalmente, frente a China. Para enfrentar este rezago recurre a medidas económicas agresivas como los aranceles y las sanciones, entre otras medidas proteccionistas, y, si es necesario, recurrirá al ejército como lo ha hecho antes.
En este contexto de declive, EE. UU. busca aferrarse a su hegemonía mediante estrategias que afectan directamente a sus subordinados. México, como uno de sus principales aliados comerciales, es un blanco de estas medidas económicas que, por cierto, ya han comenzado. Estas medidas proteccionistas no son meras ocurrencias y ajustes económicos de nuestro vecino, son una manifestación tácita del debilitamiento de su poder global.
Un reportaje publicado en la Revista Buzos “Los aranceles de Trump contra la economía mexicana”, Sánchez y Vázquez señalan que el impacto sustancial será sobre el empleo. Afirman: “Las estimaciones sugieren que el desempleo abierto se incrementaría hasta cuatro por ciento, es decir, habría casi tres millones de empleos menos”. Esta proyección se sustenta señalando la alta dependencia de México del mercado estadounidense.
Los despidos masivos ya se advierten. La empresa Nissan, por ejemplo, se apresuró a declarar que, de concretarse los aranceles, contempla trasladar su producción a Estados Unidos, pero esta solo es una empresa de tantas. Es aquí donde debe estar nuestra preocupación. ¿Qué va a pasar con el sector obrero?
Los tres millones de trabajadores que se estima se queden sin su fuente de trabajo pasarán a engrosar el ejército industrial de reserva. Esto se traduce directamente en un golpe a la clase obrera y una debilidad tácita a su poder de negociación. El capitalismo tendrá a su disposición a hombres y mujeres dispuestos a sustituir a otros “obreros rebeldes” que se hayan opuesto a las condiciones de sobrexplotación de las empresas.
Por otro lado, ¿de qué habrán de vivir? El empleo es premisa de vida, sin un salario no podrán llevar sustento a sus hogares. Los trabajadores se encontrarán atrapados en un ciclo económico que los obligará, por necesidad, a aceptar peores condiciones de trabajo y mayor explotación laboral.
El imperio intentará fortalecerse a costa de ellos. No obstante, funcionarios y expertos, poco se han acercado a hablar sobre esto. La defensa a que aluden ante la embestida imperialista ha sido la unidad nacional, pero es menester recordar que la lucha no es entre naciones, la lucha es de clases.
Hay que tener claro que por un lado está la clase capitalista, dueña de los medios de producción, y, por otro, está la clase que nada tiene salvo su fuerza de trabajo, la clase obrera. La primera somete a la segunda, y le impone las condiciones en que produce la riqueza, riqueza que el capital se arroga el derecho de apropiarse sin importarle las condiciones en que se genere. Si el obrero vive o come mal, no le importa.
No obstante, este sometimiento no es suficiente para el capital: para sostener su dominio, también necesita impedir que los trabajadores se unan en su contra, pues en número, estos son superiores. Por ello, ha promovido la división entre los obreros latinoamericanos y los estadounidenses, difundiendo la falsa idea de que los trabajadores latinoamericanos y en particular los mexicanos, les han robado los empleos a los estadounidenses. De ahí argumentan otra de sus políticas, la deportación de migrantes. Nada más falso.
Por lo tanto, no puede ser una lucha entre pueblos, o entre trabajadores de distintos países. Ellos no quitan los empleos, no hacen guerras para apropiarse de recursos ajenos, no imponen las condiciones de miseria. El desempleo, las guerras y las condiciones de misera son impuestas por el imperio, impuestas por el capitalismo global a costa de los trabajadores. Por ende, la respuesta también debe ser global. Solo la unidad de clase obrera internacional puede hacer frente a esta embestida. Es necesario retomar la bandera que proclama el Manifiesto Comunista, “Proletarios de todos los países, uníos”.



