Capitalismo ascendente y capitalismo decadente

Capitalismo ascendente y capitalismo decadente

Ángel Villegas

Con el período revolucionario en México iniciado en 1906, continuado en 1910 y que culminó en 1917, quedó atrás el régimen de los terratenientes que vivían del trabajo de los campesinos, el cual gozaba de la protección del Estado porfirista y su aliado imperialista de Norteamérica, y entra, definitivamente, por el camino de un nuevo modo de producción, ya dominante entonces en todo el mundo, el capitalismo.

Con su arribo al poder político, la burguesía, la nueva clase dominante, generalizó las relaciones capitalistas a todo el país. La Reforma Agraria jugó un papel determinante para la formación del mercado interno, la liberación de los peones acasillados permitió la migración masiva a los nuevos centros de producción industrial formándose una nueva clase social, imprescindible para la creación de la riqueza social: la clase obrera.

La Segunda Guerra Mundial abrió una coyuntura decisiva para el desarrollo del capitalismo mexicano. Por razones obvias, los países en guerra perdieron la capacidad de producir para abastecer sus mercados internos, por lo que se abrió la oportunidad para que las mercancías mexicanas pudieran colocarse en otros lados del mundo. La industria creció perfeccionando sus métodos de producción tratando de responder a la creciente demanda. Así, el país experimentó un ascenso capitalista que llegó a su punto más alto de desarrollo en los años 40 y parte de los 50.

Entre otras ramas, la industria textil del país dio el salto de la producción artesanal al modo fabril industrial. Miles de obreros se emplearon en la maquila y con esa gran fuerza productora, se movió la moderna maquinaria industrial con lo que la política de importaciones fue quedando relegada. Para los años 60 y 80 la industria textil se posicionó como motor económico nacional hasta llegar a convertir al sector en líder exportador hacia Estados Unidos con el cierre del siglo.

En los años 70, se inicia la industrialización en talleres y fábricas de Tehuacán orientadas a la producción de mezclilla aprovechando la creciente demanda internacional de jeans y llega a representar en 1990 hasta el 50 por ciento de la economía local, marcas internacionales como Levi´s, Calvin Klein, Tommy Hilfiger o Gap, subcontratan maquila en la región. La contratación masiva de mano de obra permitió que el obrero aceptara trabajar aun en las condiciones de mayor explotación, con bajos salarios, sin seguridad social, largas jornadas sin pago de tiempo extra y sin vida sindical. Los organismos como CTM, CROM, FROC-CROC, entre otros, simplemente cubrían el requisito de ostentarse como representantes de los trabajadores muchas veces hasta sin el conocimiento de éstos.

Pero el auge para los capitalistas no duró mucho, el proceso de globalización capitalista, la anárquica sobreproducción y la ventaja tecnológica de otros países detonaron las crisis terminales del modo de producción en México y el sector, arrastrados por la tendencia mundial. Al iniciar el nuevo siglo, la industria textil del país comenzó su declive arrastrando a la clase obrera a peores condiciones laborales. Por un lado, por la imposibilidad de competir con empresas extranjeras, sobre todo asiáticas, que le han sacado ventaja al aplicar a sus procesos productivos tecnologías como el Internet para todo (IoT) y la inteligencia artificial, permitiéndole reducir hasta en un 50 por ciento sus costos de producción con relación a las empresas nacionales; por otro lado, la relación comercial con Estados Unidos, que ha sido el principal cliente de Tehuacán, se ha vuelto insostenible y varias empresas han tenido que suspender exportaciones por el incremento de los costos de la materia prima importada y la incertidumbre que generan las políticas arancelarias impuestas por el gobierno norteamericano.

Se calcula que de los mil talleres y fábricas que existieron en Tehuacán, han tenido que cerrar 400, arrojando a la calle a miles de obreros. De los que siguen empleados, lo hacen en las peores condiciones laborales.

El IMSS registró una caía drástica de 62 mil trabajadores afiliados en 2001 a solo 8,200 en 2009. De una fuerza laboral que oscila entre 30 y 35 mil obreros textiles, se calcula que actualmente menos del 40 por ciento, es decir, entre 15 y 10 mil obreros están afiliados al IMSS, dejando a los demás sin la mínima protección ante riesgos de salud frecuentes como enfermedades respiratorias, musculares, desnutrición y exposición a químicos tóxicos en lavanderías y tonelos.

Es común el uso de contratos de corto plazo (1–3 meses) o ausencia total de contrato; la “rotación” constante (despido a secas) de trabajadores, para evitar que acumulen antigüedad y dejarlos sin prestaciones. Prevalecen las prácticas abusivas como obligar al trabajador a firmar hojas en blanco que luego se usan como renuncias falsas. A pesar de los “históricos” incrementos decretados por el gobierno, en realidad se pagan salarios de pobreza, por debajo del mínimo, a eso hay que agregarle las “deducciones” (descuentos a secas) arbitrarias por retrasos, uso de celular o consultas médicas, las horas extra no pagadas o pagadas de forma irregular; jornadas de 10 a 12 horas diarias, a veces nocturnas, sin pago extra, talleres clandestinos con espacios reducidos, poca ventilación y electricidad insegura; sobreexplotación intensiva con metas cada dos horas; si no se cumplen, los obreros deben quedarse sin pago adicional. No falta el acoso sexual y la discriminación contra mujeres, especialmente en talleres clandestinos, negación sistemática de empleo a mujeres embarazadas y el trabajo infantil extendido en talleres y domicilios, con menores desde cinco años apoyando en costura y deshebrado.

Predominan los contratos de protección patronal firmados con sindicatos oficiales (CTM, CROM, FROC-CROC, etc.), muy a pesar de la Reforma Laboral de 2019. Los trabajadores desconocen la existencia de contratos colectivos. Y los intentos por independizarse son reprimidos con el despido. O sea, el capitalista tiene el satén por el mango. Hasta cierto punto.

A la luz de todo esto, podemos decir que, con la llegada del capitalismo, nuestro país dio un salto hacia adelante dejando atrás un régimen agrario ya caduco e inviable para el desarrollo de nuestra sociedad. Que esta nueva etapa trajo el surgimiento de dos nuevas clases sociales: la burguesía, minoritaria, dueña de las fábricas, explotadora del trabajo, y otra, mayoritaria, la clase obrera que para vivir tiene que venderle su fuerza de trabajo al dueño de las fábricas, de tal manera que ese desarrollo no significa lo mismo para unos y para otros. Para la burguesía, abundancia, riqueza y prosperidad, y para la clase obrera, explotación y miseria.

También vemos, que este régimen no resiste los problemas que trae ya cargados en su naturaleza por lo que entra recurrentemente en crisis: los grandes monopolios van eliminando a las industrias más débiles, concentrando cada vez en menos manos la inmensa riqueza social y eso le abre el camino de su liberación al número cada vez más grande y poderoso de los trabajadores. El capitalismo, por su naturaleza económica y social, crea dos polos contrarios que no se pueden conciliar: un puñado de ricos explotadores, de un lado, y una gran masa de trabajadores empobrecidos, de otra. Se genera entonces una contradicción insalvable para el sistema: la clase obrera produce esa inmensa riqueza, pero no puede disfrutar de ella porque se la apropia el burgués, por ser dueño de la fábrica.

La historia ha dado la vuelta, ha llegado el momento de dejar atrás esta vieja e injusta sociedad. En su momento el grito libertario del pueblo fue ¡no más terratenientes! Ahora, el grito de la lucha proletaria dice ¡no más capitalistas explotadores! Es la única manera de romper el cerco.

 

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