La agresión militar contra Irán
Manuel Gómez
En las últimas semanas hemos vuelto a mirar hacia Medio Oriente con preocupación debido a la agresión militar de Estados Unidos e Israel en contra de Irán; los ataques iniciados a finales de febrero han provocado nuevos conflictos en aquella región del planeta que durante décadas ha sido blanco de guerras e invasiones. El peligro de un enfrentamiento mayor entre estos países podría afectar no solo a las naciones involucradas, sino al mundo entero.
Los principales actores de estos hechos son el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el ministro de Israel, Benjamín Netanyahu; y el gobierno de Irán dirigido actualmente por Mojtabá Jameneí -en virtud de que apenas hace algunas semanas su padre, el líder supremo Alí Jameneí, fue asesinado tras un bombardeo ejecutado por las fuerzas militares de Estados Unidos e Israel.
El principal orquestador de esta criminal agresión es el imperialismo norteamericano, quien desde hace décadas busca mantener su influencia en Medio Oriente, una región clave para el control del petróleo y de las rutas principales del comercio en el mundo, y, por otro lado, un sitio geoestratégico con miras a un futuro enfrentamiento contra China y Rusia. Esto explica por qué el imperio norteamericano ha instalado sus bases militares en varios países de la zona y respalde económica y militarmente a Israel. De modo que la presencia bélica norteamericana en los conflictos de aquella región no contribuye a disminuir las tensiones, sino que termina atizándolas.
Una de las razones de fondo de los ataques contra Irán es la estratégica importancia económica de la región: por el Estrecho de Ormuz pasa cerca del 20 por ciento del petróleo que se obtiene del Golfo Pérsico y se comercia en el mundo, por consiguiente, quien tenga el control e influencia en esta zona tiene también una gran ventaja en la economía mundial, por eso las grandes potencias y los grandes monopolios buscan tener presencia militar y política en esa parte del mundo.
La guerra mueve enormes cantidades de dinero. En los primeros días de los ataques contra Irán, se calcula que Estados Unidos llegó a gastar alrededor de 3 700 millones de dólares en operaciones militares, lo que equivaldría a casi 900 millones de dólares diarios según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) ¿De dónde sale tantísimo dinero? Pues sale del presupuesto público, es decir, de los recursos que el Gobierno norteamericano podría destinar a salud, educación o infraestructura para el pueblo trabajador estadounidense.
Cabe también señalar que la mayor parte de ese gasto termina en manos de los grandes monopolios de la industria armamentista, en empresas como Lockheed Martin, RTX Corporation, Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics que reciben contratos millonarios del gobierno norteamericano. Tan solo entre 2020 y 2024 estas cinco empresas obtuvieron más de 771 000 millones de dólares en contratos del Pentágono, según el informe “Ganancias de la guerra: principales beneficiarios del gasto del Pentágono (2020–2024)”, del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown.
O sea que la ejecución de cada ataque militar significa el ingreso de millones y millones de dólares en favor de estas compañías. Por ejemplo, un misil Tomahawk puede costar alrededor de 3,6 millones de dólares, mientras que algunas bombas guiadas utilizadas en bombardeos cuestan cerca de 80 mil dólares cada una, esto explica por qué cuando estallan las guerras, las acciones de estas empresas suelen subir en las bolsas de valores.
Mientras tanto quienes pagan el precio más alto son los trabajadores: la guerra provoca muertes entre la población civil (como las más de 150 niñas iraníes asesinadas por un ataque aéreo estadounidense), destruyen ciudades, hospitales, escuelas, obligan a las familias a abandonar sus hogares, etc. La guerra nunca la sufren quienes toman las decisiones desde sus oficinas, sino la sufren los trabajadores, los campesinos y la gente común.
Las consecuencias tampoco se quedan únicamente en los países donde se combate: cuando crece la tensión en Medio Oriente, los precios del petróleo suelen subir, por esta razón se incrementan los precios del transporte, la electricidad y muchos productos básicos que el pueblo trabajador compra para subsistir, de esta manera, incluso trabajadores que viven a miles de kilómetros del conflicto terminan pagando sus efectos al incrementarse el costo de la vida.
Por eso es importante tener algo claro, los trabajadores de distintos países no tienen ningún interés en enfrentarse entre sí: un obrero en Irán, en Estados Unidos, en México o en cualquier otra parte del mundo sufre problemas muy parecidos, bajos salarios que no alcanzan, trabajo duro y la preocupación por el futuro de sus familias. Las guerras promovidas por el imperialismo norteamericano benefician solo a unos cuantos, mientras los pueblos trabajadores cargamos con sus consecuencias.
Entender esto es un primer paso para mirar los conflictos del mundo con mayor claridad y para defender siempre los intereses de quienes vivimos de nuestro trabajo, así que compañero trabajador, cuando te digan que los problemas en Irán, Rusia o China no te afectan porque están muy lejos, recuerda que eso no es así, que sí existe una inevitable repercusión económica y política que tarde o temprano nos va a golpear, y que siempre será la clase trabajadora la más afectada, todo por la sed y la ambición de ganancia de los potentados que hoy pretenden mantener su dominio en el mundo.



