Poseedores contra desposeídos

Manuel Gómez

En nuestros días, nada de lo que ocurre en un lugar del mundo es ajeno a lo que sucede en otro sitio, hoy día, la economía es una gigantesca red en donde las condiciones de trabajo y de vida de millones de personas están estrechamente entretejidas, enlazadas, sin embargo, esta conexión no ha traído paz ni prosperidad como prometieron los defensores y apologistas del sistema capitalista durante mucho tiempo, sino que este régimen económico profundizó la pobreza, la desigualdad y los conflictos militares. Debemos entender que detrás de cada conflicto existe una realidad que no se puede ignorar jamás, la lucha de clases que se libra a escala global.

Las guerras en el mundo se originan por el interés de los grandes monopolios y corporaciones capitalistas por obtener y controlar los recursos naturales, las rutas comerciales y los mercados mundiales. Las potencias y los grandes grupos que controlan el poder económico mueven sus fichas para asegurar materias primas baratas y zonas de influencia comercial, sin embargo, quien paga el precio más alto siempre es la clase obrera, los trabajadores son quienes van al frente del combate, los que pierden sus hogares y los que ven destruidas sus fuentes de empleo, mientras que los dueños del capital suelen encontrar formas de hacer negocios incluso en medio de la destrucción.

Ejemplos de ello están a la vista para cualquiera que busque mantenerse informado, como lo es el conflicto en Medio Oriente que afecta al Estrecho de Ormuz y por donde transita más del 20 por ciento del petróleo mundial y el 25 por ciento del comercio de gas natural licuado, según datos de la propia Administración de Información Energética de EE.UU., hecho que ha provocado un incremento muy grande en los precios de estos recursos naturales, generando ganancias millonarias para las grandes compañías energéticas. Solo entre febrero y marzo de este año, empresas como ExxonMobil, Chevron y Shell sumaron casi 60 mil millones de dólares en ganancias,

Mientras que, por otro lado, la población no sólo sufre el aumento de los costos de bienes y servicios básicos, sino también de la violencia: sólo como muestra, podemos mencionar que en África, la República Democrática del Congo (RDC) concentra alrededor del 70 por ciento del cobalto mundial, mineral esencial para baterías, dispositivos digitales, vehículos eléctricos y tecnología aeroespacial; ahí grupos armados obtienen más de un millón de dólares al mes mediante la minería ilegal, financiando la violencia y manteniendo a la población en la miseria mientras las empresas transnacionales se llevan la riqueza, de acuerdo con reportes del Ministerio de Minas de la RDC y análisis internacionales de mercado.

América Latina no es la excepción, y específicamente en México vemos regiones, como en la sierra de Guerrero, donde se libran varios enfrentamientos por el control de yacimientos de uranio, oro y otros recursos naturales, ahí se enfrentan comunidades y grupos armados, todo en beneficio de poderosos intereses económicos.

Todo este caos en el mundo genera uno de los fenómenos más dolorosos de los últimos años: las migraciones forzadas. Según un informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, publicado en junio de 2026, más de 117 millones de personas en todo el mundo han tenido que abandonar sus hogares huyendo de la violencia, la persecución o la pobreza, lo que equivale a una de cada 70 personas en el planeta. Tan solo en Sudán con la guerra civil que estalló en abril de 2023 y que sigue activa en 2026, ha desplazado a más de 8,9 millones de personas dentro de sus fronteras y cerca de 4 millones fuera de ellas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de marzo de 2026.

Para el sistema capitalista actual este enorme volumen de seres humanos se convierte a menudo en reserva industrial de mano de obra, y los migrantes al estar en situación de vulnerabilidad aceptan los trabajos peor pagados y sin derechos laborales, lo cual es utilizado por la burguesía para fragmentar la producción en el mundo, rebajar los salarios generales y dividir a la clase trabajadora entre locales y extranjeros, impidiendo que se unan en defensa de sus intereses comunes.

Así pues las cadenas globales de valor (como ahora se les llama a la división internacional del trabajo) se han convertido en la herramienta perfecta para maximizar la explotación y las ganancias, las grandes corporaciones trasladan la producción a los países donde las leyes laborales son más débiles y los sindicatos están prohibidos, reprimidos o al servicio exclusivo de los patrones, y donde los salarios son de hambre; de esta manera las grandes empresas extraen la mayor cantidad de plusvalía posible aprovechando la miseria de millones de trabajadores para enriquecer a unos cuantos multimillonarios. El obrero en una fábrica en Asia, África o América Latina produce la riqueza que luego es disfrutada por los patrones, por los dueños de los medios de producción, mientras que los obreros están impedidos de tener acceso a los frutos de su propio esfuerzo.

Esta realidad se observa claramente en sectores como el textil donde marcas internacionales han sido vinculadas a prácticas de trabajo esclavo, explotación infantil y jornadas extenuantes. También en la agricultura, donde según el informe «Los señores de la tierra: terratenientes transnacionales, desigualdad y el imperativo de la redistribución» publicado en enero de 2026 por la organización internacional Red de Acción e Información para el Derecho a la Alimentación (FIAN Internacional, por sus siglas en inglés), 10 grandes corporaciones controlan más de 40 millones de hectáreas de tierra en todo el mundo, expulsando a campesinos y comunidades indígenas para convertir la producción de alimentos en un negocio especulativo.

Lo mismo ocurre en el ámbito digital, los gigantes tecnológicos actúan como verdaderos señores feudales modernos controlando toda la infraestructura de internet y el software, obligando a millones de trabajadores y pequeñas empresas a pagar «alquiler» por usar sus plataformas, acumulando así fortunas que superan el Producto Interno Bruto de muchos países.

Como vemos, esta división internacional del trabajo crea una estructura donde unos países se especializan en dictar órdenes y acumular riqueza, mientras otros países sólo obedecen y producen a costa de su propia fuerza de trabajo; no es casualidad que existan países ricos y países pobres, sino una consecuencia histórica y necesaria de cómo se ha organizado el sistema capitalista, el imperialismo moderno; muchas veces ya no necesita enviar barcos de guerra para someter a una nación, basta con controlar su economía, su deuda y sus cadenas productivas para mantenerla en una situación de dependencia y subordinación permanente.

Ante este adverso panorama para los pueblos, la respuesta de los trabajadores no puede ser aislada ni localista; si el capital es internacional y se organiza a nivel mundial para exprimir hasta la última gota de fuerza de trabajo, la resistencia de los obreros también debe ser internacional, la solidaridad entre obreros de diferentes países deja de ser un sentimiento humanitario para convertirse en una necesidad estratégica que le haga frente a este sistema explotador. No podemos permitir que nos enfrenten entre nosotros por nacionalidades o razas, cuando el verdadero conflicto sigue siendo el de siempre: los que poseen los medios de producción contra quienes solo tienen su fuerza de trabajo para venderla, es decir, los poseedores contra los desposeídos.

Comprender cómo los conflictos del mundo afectan nuestro trabajo y nuestra vida es el primer paso para comenzar a cambiar las cosas. Mientras existan guerras por intereses económicos, migraciones por necesidad y explotación organizada a escala global, la lucha de clases seguirá siendo el motor de la historia, la única vía verdadera para la paz y el progreso de los pueblos, para la construcción de un sistema en donde la economía esté al servicio de la humanidad y no al revés.

Reclamar trabajo digno, soberanía y justicia social es también luchar contra las causas que generan pobreza, desigualdad y violencia. Porque al final del día, los intereses de la clase trabajadora no tienen fronteras y nuestra liberación solo será posible cuando sea colectiva y universal.

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