Lo que Estados Unidos quería era el petróleo de Venezuela
Manuel Gómez
Desde hace ya muchos años, Estados Unidos ha intervenido en los países de América Latina, y del mundo entero, buscando siempre lo mismo: apoderarse de sus riquezas naturales para beneficio de sus grandes consorcios empresariales y sus multimillonarios dueños; no lo hace en favor de la “libertad”, la “democracia” y los “derechos humanos” de los pueblos como lo afirma en sus declaraciones y pronunciamientos, sino porque el capital necesita siempre más ganancias, y donde hay recursos naturales es seguro que llegará su influencia, su presión y, cuando puede, su dominio total. Venezuela es el ejemplo más claro y más reciente de esta vieja historia que se repite una y otra vez.
Hoy en día Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, más de 300 mil millones de barriles según la Agencia de Información Energética de Estados Unidos (EIA) y la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), lo que representa cerca del 17 por ciento del total mundial, es esa inmensa riqueza la que ha puesto a Venezuela en la mira (desde ya hace mucho tiempo), de la amenaza gringa y es esa riqueza la que explica todo lo que ha sucedido.
El pasado 28 de agosto de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anuncio en su red Truth Social la firma de un convenio petrolero con Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, quien también lo confirmó oficialmente. Según el anuncio, este acuerdo otorga a empresas estadounidenses el control mayoritario de 17 yacimientos estratégicos con más de 65 mil millones de barriles de petróleo, lo que representa cerca del 21,5 por ciento de todas las reservas probadas del país, según reportes de la agencia Xinhua (agencia de noticias oficial de la República Popular China), EFE, Infobae y otros medios internacionales que cubrieron el anuncio. Trump no ocultó su satisfacción, dijo que era “el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial” y que, con ello, Estados Unidos prácticamente duplicaba sus propias reservas, de modo que quedó al descubierto lo que realmente importaba al imperialismo norteamericano en Venezuela.
Durante mucho tiempo el Gobierno de Estados Unidos sostuvo su enfrentamiento contra Nicolás Maduro argumentando que se trataba de una lucha contra el narcotráfico (incluso calificando al mandatario venezolano como narcoterrorista y principal líder del llamado “Cartel de los Soles”), contra la dictadura y la corrupción, se habló de narco-Estado, de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos y, por tanto, justificaron su intervención militar argumentando defender la “libertad” que, según ellos, tanta falta le hace al pueblo venezolano. Pero bastó que el petróleo quedara bajo el control de Washington, para que de repente no importara más nada. Quedó claro que, como lo dijeron siempre Chávez y Maduro, el problema nunca fue el narcotráfico, el problema siempre fue el interés norteamericano por el petróleo venezolano: todo lo demás fue el pretexto necesario para justificar su intervención militar ante los ojos del mundo.
Lo que acaba de ocurrir no es más que un robo vil y descarado al pueblo trabajador venezolano: el subsuelo de Venezuela, que pertenece a todo su pueblo, pasa ahora a ser explotado con control mayoritario de compañías extranjeras que se llevarán la mayor parte de las ganancias. Se habla de inversiones de más de 100 mil millones de dólares, sin embargo, la historia nos enseña cómo funcionan estos tratos, las grandes petroleras se llevan la mayor parte de la riqueza creada por el trabajo ajeno y dejan para el país intervenido lo que sobra, sólo migajas. Es la vieja lógica imperialista para extraer la plusvalía de un pueblo y así enriquecer a unos pocos capitalistas del norte.
Y ¿qué pasa con los trabajadores de Venezuela? ellos son quienes más sufrirán las consecuencias de este convenio. Los obreros petroleros, que conocen el oficio, que mantienen la industria en pie a pesar de todo, verán cambiar sus condiciones de trabajo para mal, cuando llegan las grandes empresas transnacionales suele venir también la presión para abaratar costos, recortar prestaciones, cambiar condiciones laborales y despedir personal para maximizar ganancias. Ya se ha visto en otros países, la riqueza del subsuelo deja de servir al conjunto de la nación para convertirse en mercancía exclusiva del capital extranjero.
Además, el dinero del petróleo venezolano ha servido históricamente para financiar salud, educación, subsidios y obras para la población, por tanto, si ahora el control de esos ingresos queda sujeto a decisiones externas (como ya ocurrió desde enero de 2026, cuando las ventas de crudo pasaron por cuentas administradas desde Estados Unidos) se debilita toda posibilidad de que esa riqueza se invierta en el bienestar de quienes la producen, confirmándose así que la soberanía sobre los recursos naturales de las naciones no vale nada si no está acompañada, tan bien, de soberanía económica y política real.
Esto no es casual, responde a una estrategia de la élite imperialista que se alía siempre con quienes en el país mismo están dispuestos a ceder los recursos nacionales a cambio de mantener posiciones de poder, la soberanía no se entrega sola, se negocia por acuerdos que benefician a unos pocos mientras la mayoría sigue empobrecida. Por eso es fundamental entender que la lucha contra la entrega de los recursos naturales es también lucha de clases, es la defensa de lo que pertenece a todos los trabajadores frente a quienes quieren apoderarse de ellos con ayuda del poder extranjero
La lección es clara, cuando Estados Unidos se interesa tanto por un país, no es para mejorarlo, sino para sacarle provecho, ya sea en Venezuela, en Medio Oriente, en África o en cualquier parte del mundo, el propósito es el mismo: controlar recursos naturales, dominar mercados y asegurarse mano de obra barata. Bajo el control del régimen capitalista, no hay soberanía que valga cuando lo que está detrás es la ganancia del gran capital por encima de todo.
Por eso los trabajadores de Venezuela, de México, de toda América Latina y del mundo, tenemos que ver esto como una advertencia para todos: si lograron apoderarse de buena parte del petróleo venezolano bajo estas condiciones, nos muestran exactamente qué pueden hacer con cualquier riqueza que tengamos, no importa qué pretexto usen al final siempre se trata de lo mismo, de quién manda, de quién se queda con la riqueza y quién termina pagando los platos rotos.
Es por eso, compañeros trabajadores, que la respuesta de la clase obrera del mundo no puede ser la división ni la indiferencia, debemos comprender que la defensa de nuestros recursos naturales es también defensa de nuestros derechos laborales, de nuestras prestaciones y de nuestra dignidad.
Unidos, organizados y conscientes de cómo funciona el sistema económico capitalista, seremos capaces de impedir que se sigan repartiendo lo que es nuestro: el petróleo, la tierra y recursos naturales; y la riqueza social que pertenece a quienes la producimos. Nada de ello pertenece a las potencias imperiales ni a sus socios multimillonarios en turno.



