Sergio Cadena
Desde que su fundador, Carlos Marx, escribió la Tesis once sobre Luis Feuerbach: “hasta hoy los filósofos han interpretado de distintos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, el marxismo definió su carácter revolucionario.
Y claro que, para pretender cambiar al mundo, es necesario primero interpretarlo correctamente, es decir, científicamente. Para lograrlo tuvo que cumplir, necesariamente, con uno de los requisitos de toda nueva ciencia: la creación de categorías. En efecto, aunque no desde sus primeros escritos, sino sobre todo a partir del Manifiesto del Partido Comunista (1848) y sobre todo en su obra máxima El Capital (1867), vemos desfilar un sinfín de nuevas categorías, tales como: valor de uso y valor, fuerza de trabajo, plusvalía, fetichismo de la mercancía, acumulación originaria, etc.
El genio de Marx pudo interpretar científicamente la época convulsiva que le tocó vivir y que consistió, ni más ni menos, en el nacimiento y consolidación de un nuevo régimen social, el capitalismo. Su campo de investigación y a la vez su laboratorio social lo constituyó Inglaterra el país capitalista más avanzado del mundo desde mediados del siglo XVII hasta inicios del XX.
Así, Carlos Marx y Federico Engels lograron pasar de las buenas intenciones que enarbolaban las diferentes corrientes del socialismo utópico y del anarquismo, a una concepción científica de la sociedad capitalista que les permitió señalar al proletariado el camino concreto que había que seguir para lograr la caída del capitalismo y el surgimiento del socialismo como primera etapa de la sociedad sin clases: el comunismo.
Una vez señalada científicamente la ruta a seguir, solo restaba intentarlo una y otra vez, hasta lograrlo. La Comuna de París (primer gobierno obrero) inaugura esta serie de intentonas, logrando llevar al poder al proletariado francés en 1871, sin embargo, por falta de experiencia, el movimiento sucumbe a los dos meses, hasta que en octubre de 1917 triunfa en Rusia la primera revolución socialista de la historia que da origen a la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El genio de Lenin, dirigente indiscutible en esta revolución, consistió en aplicar correctamente el marxismo a la nueva etapa de desarrollo del capitalismo (imperialismo) y a las condiciones específicas de Rusia.
Posteriormente, y al término de la Segunda Guerra Mundial, el triunfo del pueblo soviético sobre las hordas fascistas de Hitler propició que los países liberados por el ejército rojo adoptaran el único modelo de socialismo que existía hasta ese momento, el soviético, lo cual, a la postre, no tuvo éxito. Para 1949 triunfa la revolución socialista en China, después de un largo proceso, el cual inició con la fundación del Partido Comunista Chino (PCCh) en 1921. Su líder, Mao Tse tung, se percata de que las características específicas de China son bastante diferentes a las rusas y, por ello, intenta una vía distinta a la soviética para instaurar el socialismo. Décadas después, Den Xiao Ping, logra establecer categorías como “mercado socialista” logrando un imponente desarrollo de la economía (su tasa de crecimiento anual del Producto Interno Bruto promedió 8.80 por ciento desde 1989 hasta 2024. TRADINGECONOMIC.COM) y logrando, en 2023, ser nombrado por la ONU como el primer país en el mundo que ha erradicado por completo la pobreza a pesar de ser el más poblado del mundo.
En América Latina, la lucha por el socialismo la encabeza Cuba desde hace 65 años. Le siguen, más recientemente, Nicaragua, Venezuela y Bolivia. La ciencia marxista predice que todos los países, por diferentes caminos, inevitablemente llegarán al socialismo.
En México, los verdaderos luchadores sociales están empeñados en aplicar el marxismo a las condiciones y a la idiosincrasia de nuestro pueblo para lograr, algún día, la instauración de un Gobierno obrero. Más temprano que tarde lo lograremos.



