Reflexiones sobre el problema de la vivienda en México
Mauricio Lagunas
El futuro para la clase trabajadora en México es poco alentador, los altos costos de los bienes y servicios han provocado que, cada vez, el salario alcance menos para adquirir satisfactores para vivir. Hoy la clase trabajadora joven que, por ejemplo, piensa en formar una familia, tener una casa propia y un trabajo estable, pareciera que vive en una realidad alterna al tener ese tipo de sueños que resultan inalcanzables para gran parte de nuestra población.
El sistema capitalista neoliberal nos ha arrastrado hacia una situación económica sumamente difícil (un sistema que se sostiene de la explotación de la fuerza de trabajo y la generación de plusvalía para acrecentar la riqueza en favor de los patrones) en donde los trabajadores hemos ido perdiendo más y más derechos que la clase obrera en su conjunto había conquistado a lo largo de muchos años de lucha, de sacrificio y de vidas cercenadas por el capital. Pero ello al neoliberalismo no le importa.
Hoy si quieres vivienda, salud, educación, transporte, luz, agua, etc., tienes que pagar, a pesar de que el Gobierno, a través de los impuestos, recauda los recursos económicos precisamente para financiar el gasto público para el bienestar social. Sin embargo, el Gobierno no está atendiendo siquiera los servicios indispensables para la población, aquellos que, según la Constitución, todos los mexicanos tenemos derecho por el simple hecho de ser mexicanos, pero en la práctica el Estado mexicano no garantiza al cien por ciento estos derechos.
En las últimas dos décadas, el valor de las viviendas en México ha crecido a un ritmo mayor que el de los ingresos de las y los mexicanos. Veamos algunos datos.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta el año 2020, 16.4 por ciento de las viviendas en el país estaban en régimen de renta. Sin embargo, la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC) estima que, en 20 años, este porcentaje podría alcanzar el 50 por ciento. El valor habitacional ha aumentado nueve veces más rápido que el salario promedio, lo que es una condena para las nuevas generaciones.
En los últimos años se ha difundido la creencia de que los jóvenes rechazan la idea de comprar una vivienda porque prefieren estilos de vida más «flexibles» como ser nómadas digitales, retrasar el matrimonio, no tener hijos o priorizar su vida profesional antes que la adquisición de un patrimonio. Sin embargo, especialistas coinciden en que esta narrativa oculta un problema más profundo que lleva a temas estructurales: no es que no quieran adquirir una vivienda, es que no pueden pagarla.
De acuerdo con la Red para el Rescate de la Vivienda (REVIVE), la Ciudad de México enfrenta una disparidad histórica entre el aumento del valor de los inmuebles y el crecimiento salarial. Desde el 2005, el Índice de Precios de la Vivienda se elevó a 450 puntos, tomando como base 100, mientras que los salarios solo avanzaron 51 puntos en el mismo periodo.
Los bajos salarios y el costo tan elevado de las rentas en las zonas conurbadas de las grandes ciudades complican aún más la situación para quienes buscan un crédito con el cual puedan tener acceso a una vivienda digna.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) recomienda que una familia debería gastar, máximo, 40 por ciento de sus ingresos en el pago del alquiler de vivienda; sin embargo, cumplir con ese estándar se complica en la Ciudad de México, una de las urbes más costosas en México y América Latina.
Los salarios resultan escasos para la gran mayoría de la población. Alrededor de 32 millones de personas en México perciben ingresos insuficientes para satisfacer sus necesidades básicas, fenómeno que se denomina como «salarios de pobreza» (son ingresos que no alcanzan a cubrir dos canastas básicas, esto significa que no permite adquirir los insumos necesarios para una buena calidad de vida) mucho menos para adquirir una vivienda propia que en promedio alcanza un costo de 1 millón 850 mil pesos.
Y ya ni hablar del acceso a una pensión en el momento en que los años obliguen a dejar de trabajar. En la última década, las aportaciones voluntarias para el retiro en México han crecido del 3.4 al 7.9 por ciento, pero aún resultan insuficientes para garantizar una vejez digna. Según un estudio de “México ¿cómo Vamos?”, el 68.2 por ciento de la población mexicana espera depender de los apoyos del gobierno para cubrir los gastos durante su vejez, lo cual es preocupante ya que estos apoyos no serán suficientes para garantizar una vejes digna. En México, cada vez más hijos enfrentan el reto de apoyar económicamente a sus padres mayores mientras planean su propio retiro.
Pero aquí se presenta otro problema pues un gran porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) se encuentra en la informalidad. Los trabajadores informales, que constituyen el 54.5 por ciento de la población ocupada en México, enfrenta una de las mayores desventajas en términos de seguridad social y acceso a instrumentos formales de ahorro, como las AFORES, que están reservados para quienes cuentan con un empleo formal. Una de las grandes preocupaciones para la generación de los millennials nacidos en los 80, que ya tienen 40 años; saben que sus papás no van a tener pensión y, en muchos casos, pasarán a depender de la ayuda económica que estos puedan ofrecerles, lo que se convierte en un problema para esta generación y las que vienen.
Las grandes empresas que han amasado inmensas fortunas, gracias a la explotación del trabajo no pagado a millones de obreros, no se hacen cargo de los hombres y mujeres que han dedicado su vida a trabajar y que una vez llegando a una edad adulta el capitalismo las desecha porque ya no le sirven para seguir exprimiendo su fuerza de trabajo, y son arrojados a su suerte convirtiéndose muchas veces en una carga para sus familiares, mientras el Estado le sigue dando un trato preferencial a las empresas «creadoras de oportunidades» y de «empleos de calidad » y las ha liberado de una de sus obligaciones para con los trabajadores.
Solo la organización y concientización de la clase trabajadora logrará construir un Estado al servicio de las mayorías, de quienes crean la riqueza y son el verdadero motor del desarrollo económico no solo de México, sino del mundo.



