(2ª y última parte)

Federico Hernández

Pero hablemos del héroe de nuestro breve relato. Esa mañana, ya en el taller, Fabián empezó a sentir un fuerte dolor de muelas, pero trató de no ponerle atención pensando que sería pasajero. Además, qué hacer si en la empresa, como en todas, impera ese régimen que succiona sin piedad la fuerza de trabajo del obrero y, sobre todo, aquella parte que le hace crecer como capital, no le darían permiso de salir.

Fabián era un obrero de elevada conciencia que adquiría al asistir durante varios años a reuniones que se nombraban “círculos obreros”. Estos eran atendidos por gente muy preparada de una organización en la que militaba. En ellos le hablaban al obrero sobre su papel en la sociedad como creadores, junto a los campesinos, de la riqueza; que a pesar de esto no obtenían más que lo necesario para su mísera existencia material, mientras que la gente que no trabajaba, como su patrón, acaparaba la riqueza sólo por ser dueña de las tierras, máquinas, locales, transporte, etc. Era un régimen basado en la explotación.

Él contrastaba lo que se hablaba en esos círculos obreros con la realidad de su fábrica, y veía que se le hablaba con la verdad. Era un obrero consciente de su situación y no caía en las engañifas de su patrón y sus fieles servidores, los gerentes, supervisores y demás lacayos. En dichos círculos se leía un libro titulado Conferencias Obreras escrito con brillante sencillez donde, como pocas obras, se explicaba la lucha librada por los obreros desde su aparición en el mundo, de la lucha por la reducción de la jornada de trabajo, del derecho a la libre organización, por mejores condiciones laborales, etc.

Se hablaba de la lucha de los obreros en Inglaterra, en Francia y de la historia del movimiento obrero en México. Se decía que los obreros deben pasar de la lucha económica por sus demandas inmediatas a la lucha política que es la lucha por el poder político, pero para eso deben organizarse, estudiar mucho y construir un partido de la clase obrera. Los que atendían estos círculos, a uno de los cuales asistía con gusto Fabián, basaban su explicación en este genial libro.

Fabián, se dirigió “resignado” a realizar su faena, pero ese dolor de muela empezó a martillarle una y otra vez, y hacerse insoportable conforme avanzaba la larga jornada. ¡Ah!, ahora el engañoso tiempo se hacía cómplice de ese torturante dolor, pues se negaba a avanzar con paso más ligero: la jornada se hacía interminable. El ruido de los metales, del esmeril, de la planta de soldar y todo el taller también le torturaba. Él, de por si bromista y alegre, en esos momentos se mostraba callado. Sus compañeros, con la chanza característica del medio fabril, le espetaban: “¡ya no chilles, ya se te pasará!”, “¡dile a tus cuates de la oficina, vas a ver cómo te dan un par de días para que repose esa muela!”. Y sí fue, pero… ¡sólo le dieron una pastilla analgésica! Que no le sirvió para nada.

Fabián, como Sísifo, soportó el suplicio que se le daba por partida doble: la agotadora actividad diaria, siempre la misma, y el martilleo, una y otra vez, del dolor de muelas.

Por fin aulló prolongadamente la corneta que indicaba el término de la jornada en el galerón. Los obreros cansinos empezaron a salir, su rostro reflejaba un agotamiento acumulado, su cuerpo reclamaba descanso. Terminada la jornada, Fabián salió igualmente y se subió al camión que les ponía la empresa, tomó uno de los asientos del fondo. No tardó, dado lo desgastante de la jornada y el gran dolor de muelas, en quedar pronto en manos de Morfeo.

Se encontró pronto soñando y fue un sueño terrible; se encontró él, de repente, entre tinieblas, tendido en una tosca mesa con unas cadenas tirando de sus brazos y piernas. Estaba, en esa horrible pesadilla, nada más ni nada menos que en “el potro”, sí, en uno de los aparatos manejados en su tiempo por la Santa Inquisición para obtener confesiones: el dolor era insoportable en aquel aparato medieval de tortura, a punto de que le arrancasen sus miembros, oía a un hombre con capucha que ordenaba al verdugo ejecutor: “¡tira, tira… eso y más se merece el insolente!”

El lugar donde era el suplicio le era familiar: era el galerón donde laboraba, pero ahora era todavía más lúgubre y se encontraba solo con sus verdugos. El que ejecutaba la orden iba tapado del rostro con una curiosa mascara de papel informe; los ojos saltones, inyectados de sangre, del verdugo, se asomaban por los agujeros de la máscara no parecían humanos más bien de un animal hambriento.

El juez inquisidor que daba las órdenes, algo oculto en la sombra que daba una fuerte y gruesa columna de acero, reía con risa malévola: se deleitaba con el suplicio de Fabián y le ordenaba una y otra vez que siguiera estirando las cadenas. De repente… aparecieron en esa mazmorra moderna, entre una densa niebla, otras figuras casi humanas que parecían controlar un monstruo de acero del que brotaban chispas y el cual le cercenaba partes de cuerpos. En un momento las cadenas se distendieron, le pareció al afligido que ya no sería torturado; tal vez sus verdugos se habían compadecido.

¡Nada de eso!, fue conducido a rastras a un cuarto obscuro en donde varios hombres que él reconocía, y entre los que se encontraba El español, la hija de éste, la Santa Muerte – como se le decía al apoderado legal de la empresa-, entre otros. Como trapo de inmundicia al suelo, fue lanzado al centro de aquella habitación, atado de manos y tobillos con una grasienta cuerda que se le colocó; el condenado, aun en este estado, inspiraba temor a sus inquisidores. Sentados en unos lujosos sillones y adornados con áureas joyas en manos y cuellos. Todos los miembros del tribunal cuchichiaban descaradamente y de reojo le miraban con ojos feroces: todos lo condenaban.

Ni “el potro”, ni “la garrucha”, habían logrado que el rebelde confesase lo que ellos querían escuchar. Esperaban que, ante ellos, el santo tribunal del capital, se diese la confesión y se les pidiese clemencia. Si no confesaba seguirían otros aparatos de tortura como “la cuna de judas”, etc. Ahí se encontraba el patrón, su hija y el lacayo. Pero sus figuras fueron adquiriendo otras formas más nítidas, pero más espantosas.

-Acaso no ves que no es a ti a quien castigamos, sino a todos los que quieran seguir tu ejemplo nefasto… – dijo la Santa Muerte, mirando como un perro a su amo, esperando lacayunamente su aprobación. Pero éste lo interrumpió:

-Sí; iluso- dijo iracundo, y no dispuesto a perder tiempo con la perorata de su sirviente, el anciano, cuya figura era la de un enano, pero cuya sombra alcanzaba grandes dimensiones- yo soy el hacedor de este mundo. Nada cambia sin mi voluntad. A través de hilos dorados, finos, muevo a mi antojo a reyes, soldados, representantes de sotana… Mil formas adquiero, pero soy una sola cosa: la riqueza y el poder. Soy, en realidad, Dios en la tierra. Tú osas, con tus quejas, alzarte contra mí, contra todo lo que represento. ¡Sabe, granuja, que no tolero nada de eso! Y soy implacable contra los que no se someten a mi dominio. ¿Di por qué no aceptas mi voluntad?, ¿acaso no vives gracias a mí?

Fabián, a pesar de su lastimero estado en su infernal sueño, escuchaba con atención a su verdadero inquisidor. Se sabía sentenciado: lo único que quería era acabar cuanto antes aquel suplicio, y para eso hacía esfuerzos para tener la fuerza necesaria para contestar al que se decía “hacedor del mundo”. Mientras oía la voz chillona del anciano no podía apartar la mirada de la hija de aquel, la cual permanecía quieta sin apenas inmutarse, parecía no ya un ser humano, sino un maniquí de aparador.

Continuo el anciano. -¡Oh, miserable!; tu linaje es tan viejo como el mío. Que has hecho en tu milenaria existencia de esclavo, sino sólo intentar, de unos siglos a la fecha, acabar con mi reino, pretendiendo instaurar un difuso reino donde el hombre sea hermano del hombre. ¡Ja, ja, ja…! ¡Tonto! ¡Mil veces tonto! Sábelo: el hombre es el lobo del hombre, como dijo un sabio.

Fabián, sin dejar de escuchar a El español, al inquisidor en sus sueños, miraba ahora a la Santa Muerte, pero éste no tenía ya su figura humana, sino la de un feroz perro de tres cabezas, un cancerbero. Reuniendo todas sus fuerzas, grito en el vacío:

-Sí; mi linaje es tan o más antiguo que el tuyo- gritó con recia voz Fabián-: de aquellas ciudades comerciales del norte de Italia, lo sé. Pero te equivocas pues no eres quien ha creado este mundo. Tú no eres nada sin mí: lo que representas nace de mi carne, de mi músculo, de mi inteligencia; mis manos son las hacedoras de la riqueza social de este mundo que tú acumulas enfermizamente.

Yo construyo tus palacios y las riquezas que los adornan, arranco de la tierra los frutos que, hasta desbordarse, hartan tu mesa; genero lo que tú estúpidamente acaparas para vivir en el ocio. Soy el que mantengo a tu séquito de parásitos… ¿Y qué obtengo?… una vida mísera, llena de privaciones, durmiendo entre rastrojos. Sí, me declaro culpable: ¡creo en una vida mejor en la tierra para el hombre de manos encallecidas y forjadas en el trabajo!

A coro gritaron los verdugos: “¡A la hoguera! ¡A la hoguera!” Pero no pudieron acallar a aquel esclavo que parecía agigantarse.

-¡Soy yo el que te acuso a ti! -continuó Fabián, mirando al anciano-; ¡y soy quien te condena! No quiero migajas. Tomaré lo que me pertenece: todo lo creado por mis manos. Tu reino es fuente de miseria para el mundo. Eres decrepito y tus días están contados- remató mirando a La muñeca… Habrá un día una sociedad donde los hombres vivan en fraterna solidaridad y lo que produzcan sus manos en abundancia con gigantescas y poderosas máquinas será equitativamente repartido a todos, y todos trabajarán para el bien de todos.

En la cúspide de aquel nítido sueño, un fuerte golpe dado por La sucia lo despertó de su pesadilla. “¡Ya llegaste canalla, despierta!”, le dijo su amigo, y remató cuando ya iba por el pasillo: “y si quieres yo te arranco esa maldita muela”. Atolondrado Fabián bajó del camión. Un leve viento que removía sus encanecidos cabellos corría por aquel ceniciento terreno baldío que tenía que recorrer todos los días. Mientras cruzaba, pasada aquella pesadilla reflejo de su realidad, sintió con más fuerza que nunca lo que la naturaleza le ofrecía. Vio a lo lejos moverse las ramas y hojas de aquellos grandes álamos que circulaban el campo y se le hicieron hermosos, plenos. Escuchó correr casi a sus pies el agua todavía cristalina en un moribundo canal que iba a las parcelas contiguas.

Escuchó el alborozo de unos niños que perseguían de aquí para allá una pelota sin reparar en el obrero que regresaba al hogar; inconscientes de que el día de mañana, al igual que sus padres, irían a las fábricas a encallecer sus aún delicadas manos. En ese momento, lejos del taller, lejos de sus verdugos, Fabián se sintió más conectado que nunca con el mundo; en ese momento el dolor de muela parecía darle una tregua. Es la sensación del que ha sufrido el martirio, el encierro y, de repente, se encuentra libre: la vida es bella.

Mientras caminaba, pensaba Fabián que mañana iniciaría una nueva jornada de trabajo en el galerón, que entregaría parte de su vida a gentes que sólo lo veían como un instrumento de trabajo y del que podían deshacerse en cualquier momento. Pero sabía también que eso no era eterno. Llegaría el tiempo en que los obreros – y junto con ellos todos los trabajadores de la ciudad y del campo- serían quienes establecerían una nueva sociedad más justa para ellos que son los que generan la riqueza social. No habría explotación del hombre por el hombre.

De repente, se le iluminó el rostro, se reanimó mucho: se acordó que hoy habría círculo obrero, ya casi entrada la noche y tendría que repasar su material de estudio, y eso hizo que redoblara el paso…

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